o 1 Campo 2 Ca 3 Campo 1 Co 2 Campo 2 Campo 3 Campo 3 Campo 3 Campo 3 Ca 3 Campo 3 Campo 3
o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

lunes, 7 de julio de 2008

Guías imprescindibles

El libro había quedado sobre los papeles del envoltorio, en la mesa de la cocina. Ella le había dado el paquete y luego se había escabullido sigilosamente hacia la puerta. Había susurrado un leve adios.
Por eso ahora él miraba fijamente el libro, los papeles y las copas vacías sobre la mesa. Y después de un rato seguía sin entender.
—Guía canina para la supervivencia ―se leía en letras grandes y blancas sobre la portada—. Volumen 1: Vida en la ciudad de los gatos.

lunes, 30 de junio de 2008

El gato de la maleta (VI)

La tercera vez —la última— no debimos haber abierto la maleta. No había pasado demasiado tiempo. Víctor volvía por un fin de semana y se traía una compañera de clase. No perdió tiempo en presentárnosla.
―Maika ―dijo y nos señaló―, estos son Pedro y Valentín.
Yo me sonrojé un poco al darle dos besos. Ahora reconozco que quizás no debí contarle la historia de la maleta porque ―de eso estaba seguro― nunca debimos abrirla aquella vez.
Preparamos una merienda en el campo. También era un día caluroso, de lagartijas en las piedras, y mientras Maika recogía un par de piedras lo suficientemente gordas como para sujertar el mantel, nosotros nos miramos. Esperamos unos segundos.
―¿Y la maleta? ―dijo Víctor.

sábado, 21 de junio de 2008

El gato de la maleta (V)

[...] Entonces —debía ser tarde, ya no quedaban pájaros—, vimos como el gato sacaba una pata por entre las tapas y tocaba, rozaba apenas, la tierra de debajo. Nos debimos de quedar mudos. Escuchamos como erizaba el pelo y sacaba las uñas y como luego volvía al interior de su maleta —porque era su maleta— sin más aspavientos, sin que el mundo hubiera cambiado en absoluto. Aún así nos apresuramos a encerrarlo allí dentro, de golpe.
—Nunca más —nos dijimos.
Luego Víctor cargó su equipaje en el coche y Pedro volvió a casa. Yo todavía me quedé un rato más, pensando en el abuelo. [...]

martes, 17 de junio de 2008

El gato de la maleta (IV)

[...] ―Quiero verlo.
Dijo eso. No dijo me gustaría verlo o quizás podríamos abrirla y mirar dentro. Quería volver a verlo así que apoyamos la maleta en el suelo, deslizamos los cierres metálicos hacia arriba que se abrieron con un clic suave y asomamos los ojos en aquel pequeño lugar oscuro desde donde ―sabíamos, ya lo sabíamos― el gato no había dejado de mirarnos desde el principio. La dejamos entreabierta y nos sentamos en torno a ella toda la tarde. Bromeamos sobre la novia de Pedro, quedamos en reparar la cabaña del árbol, nos acordamos del abuelo, de la tarde caliente cuando murió y luego nos quedamos en silencio mirando la maleta. Habíamos puesto un palo entre las tapas para que no se cerrara del todo. Y mirábamos —realmente nunca supimos cuanto tiempo habíamos pasado mirando aquella maleta vieja, tumbada en la hierba— tratando de escuchar como el gato maullaba desde dentro. [...]

lunes, 16 de junio de 2008

Un año


Pues eso, este jardín cumple un añito. Nunca hubiera pensando que podría mantenerlo tanto tiempo, yo que soy de naturaleza vaga. Pero me alegro. Me alegra saberos al otro lado (o escondidos entre la hierba). Me alegra tener la oportunidad de haberos conocido en vuestros blogs y a algunos en persona.
Blogger dice además que esta es la entrada 107. Y el contador verde dice que en un año más de 12.000 personas se han pasado por aquí.
Por ello, gracias.

domingo, 8 de junio de 2008

Accidentes caseros (5)

—Pon el plato de postre en su sitio —le dijo su madre—, si quieres tarta otro día.
Pero cuando se acercó al lavavajillas ―el hermano mayor lo había dejado abierto, enseñando las fauces― cayó dentro y la puerta se cerró detrás de él.
Se tapó la nariz y aguantó la respiración todo lo que pudo. Al salir la ropa le había encogido y tenía los calcetines del color de la camiseta. Aún así buscó a su madre.
—No quiero nunca más tarta de chocolate —le dijo―. El próximo día cómprala de fresa.
Luego subió corriendo a su habitación, orgulloso, imaginando que había sido un león quien le había mordido en el brazo.

sábado, 7 de junio de 2008

El gato de la maleta (III)

[...]—Asomaros, venga, que no muerde —nos decía el abuelo.
Abrió la maleta despacio, como cuando se abre un tesoro al que la luz puede hacer daño, y nosotros nos inclinamos sobre el borde, de puntillas, apoyando las manos en la cama, con aquella sensación de tener un nudo recién apretado en algún lugar del pecho. Fue cuando vimos a ese gato pequeño, encogido en una esquina.
Y cuando volvimos a abrir la maleta, el día en que Víctor se marchó a estudiar fuera, el gato seguía exactamente en el mismo lugar. Estaba allí agazapado, pequeño —pero no era un cachorro, eso siempre lo supimos—, maullando bajito para no alertar al mundo más allá de la maleta. Tenía los ojos muy grandes, muy negros, y una mancha pelirroja sobre el lomo blanco.
—¿Quién se lo queda? —preguntó Víctor mirándome a mí.
Pero ya lo sabíamos todos, como si fuera algo pactado de antemano tenía que ser yo quien se quedara con la maleta. Al menos hasta que volvieran, hasta que nos viéramos todos otra vez. Entonces Víctor, acercándose más a nosotros, bajo la voz y dijo aquello.[...]

miércoles, 4 de junio de 2008

El gato de la maleta (II)

[...]—Pero abuelo... —parecía que estábamos a punto de decir, y no llegábamos a atrevernos.
—¡La maleta! —nos volvió a gritar.
Pedro y yo cogimos cada uno por un lado y la dejamos encima de la cama, al lado del abuelo.
—¿Sabéis lo que hay dentro? —nos preguntó inclinándose hacia delante, bajando la voz hasta hacerla casi un susurro.
Luego sonrió al ver que movíamos la cabeza asustadsuos porque lo único que sabíamos de aquella maleta era lo que la abuela gritaba cuando el abuelo llegaba de algún viaje.
—Esa maleta vieja —decía— parece que lleves muertos en ella.
Pero no, no había ningún muerto. Aquel día caliente y amarillo —veinte minutos antes de que el abuelo muriera— fue la primera vez que vimos al gato de la maleta. Luego, sólo lo veríamos dos veces más en toda nuestra vida.[...]

miércoles, 28 de mayo de 2008

Primer párrafo de cuento, para evitar la sequía bloguera preexámenes


EL GATO DE LA MALETA

El abuelo nos dejó su vieja maleta como herencia. Murió despacio, seguro de sí mismo, como había sido siempre. El abuelo tenía sus cosas raras y aquel día —yo recuerdo un verano caliente, de lagartos tomando el sol hasta el último rayo de la tarde— nos pidió que le fuéramos a buscar esa maleta pequeña, de cuero, llena de pegatinas de colores, que llevaba siempre allá donde fuera. Víctor y Pedro aún no habían cumplido los siete y yo apenas pasaba de los nueve.
—La maleta, rapaces, venga, que me muero —nos había insistido—. No tengo todo el día.
Nosotros, que nunca habíamos visto al abuelo así, casi muerto, no dejábamos de mirarnos la punta de los zapatos negros que la abuela nos había hecho poner.[...]

martes, 20 de mayo de 2008

Accidentes caseros (4)

Dice mi hermano que para esconderse de verdad hay que hacerlo debajo de una alfombra. Por ejemplo la alfombra del salón.
La alfombra del salón es una ja-ra-pa —vamos, repite, niño, dilo despacio—, con flecos a los lados, con hilos por todas partes.
Para esconderse de verdad hay que colarse por una grieta (o una arruga) que alguien descuidado haya formado en la alfombra. Hay que cubrirse bien, pegarse al suelo frío, sentir la sangre fría en las palmas de las manos.
Luego hay que esperar a que salga el sol y empiece a calentarnos por encima. Acechar hasta que no se pueda más, y se necesite volver irremediablemente a la luz. Hasta que mamá diga "se ha colado una mosca en casa" y tú salgas de la grieta y ¡zas!, la atrapes de un lengüetazo.

sábado, 17 de mayo de 2008

¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
El fotógrafo levantó la cabeza sobre la cámara.
―Un poco más a la izquierda, Marcos ―me dijo.
Yo, obediente, me apreté un poco más. Ella seguía cuchicheándome aquello del sueño.
―Los sueños no tienen el cielo de color azul ―le dije.
Pero al volverme hacia ella vi que se había quedado congelada. El fotógrafo también, con la foto en la mano. Se la quité y la miré. Al lado de Ana empezaba a aparecer una silueta. Dí un paso atrás y sacudí la foto, con todas mis fuerzas. Aquella silueta, me dije, no debía aparecer del todo.

viernes, 9 de mayo de 2008

Se oye un murmullo fuera de la casa

—¿Sabe? ¿Esos patos que hay siempre nadando ahí? En primavera y eso. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
J.D.SALINGER
El guardián entre el centeno (1945)


Ahora, sentado aquí, escribiendo estas líneas, estoy bastante seguro de que los pájaros de Hansel y Gretel han terminado de picotear nuestros cuentos y ya no nos queda comida para alimentarlos.
Wilhelm no me deja asomarme a la ventana. Me ha pedido que escriba esto y lo deje sobre la mesa. No me ha dicho nada más. Se oye un murmullo fuera de la casa cada vez más fuerte. Temo que ahora vengan a por nosotros.

domingo, 4 de mayo de 2008

Preguntas directas

A la mujer indecisa le gusta —podría decirse que adora— que le hagan preguntas directas. Porque ella es sincera, sobretodo. Siempre ha pensado que no sería capaz de decirle una mentira a nadie.
Pero si a la mujer indecisa le hacen una pregunta indirecta ella se bloquea, le tiembla la cabeza y no puede mirar fijamente a ningún lado. Si no le hacen una pregunta directa contestará cualquier cosa. A saber:
—No lo sé. No guardo hielo debajo de la cama —dirá si alguien le pregunta cómo se lo pasó en la fiesta de trabajo del sábado pasado.
—Lo siento, pero no colecciono cacahuetes —le contará a cualquiera que le pregunte por la dirección de una calle.
Ella prefiere cosas así:
—¿Están terminados los informes del viernes? —le preguntará su jefe.
Ella, satisfecha por la pregunta, sonreirá de oreja a oreja y mirará profundamente a los ojos del hombre que es su jefe (aunque no sabría decidir si es lo bastante guapo para ella), él le devolverá la mirada hasta que ella diga, con una seguridad aplastante:
—No. Los informes no estás terminados.