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o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

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viernes, 30 de enero de 2009

Ático. Jardín.

Un mañana, ese niño pequeño con ojos vivaces sube al ático y busca su maleta. No la debería haber guardado tanto tiempo, piensa al arrastrarla y sentarse delante. Pero no la abre. El niño de ojos astutos se inclina sobre la maleta pequeña, de cuero, llena de pegatinas de colores que su abuelo le dejó como herencia. Pega la oreja esperando escuchar un leve latido.
Espera y espera, cruzando los dedos, deseando que todavía esté vivo. Casi ha dejado de escuchar todo lo demás. Los pájaros que se inclinan hacia el cristal de la ventana, el ruido de algún que otro coche perdido en la calle cercana, los perros del patio. Se centra en escuchar dentro de la maleta mientras pasa la mañana, el mediodía y la tarde.
Cuando ya está todo oscuro se levanta tembloroso y se frota las manos. Hace frío, piensa. Acaricia la cerradura de la maleta pero no la abre. No debe. Luego la baja al jardín, con cuidado, como si todavía en la maleta hubiera algo vivo.
El niño de ojos vivaces encuentra pronto una pala en el cobertizo y empieza a cavar. Arrastra la maleta hasta el agujero cuando ha terminado y luego vuelve a taparlo todo.
Cada noche baja al jardín
Cada noche pega su oreja a la tierra y escucha.
Todavía tiene esperanza.
Hoy, por fin, ha escuchado el latido.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Tafonomía

El esqueleto de dinosaurio estaba en aquella playa, enterrado bajo la arena. No me quedaba ninguna duda. Había pasado tardes y tardes en el museo, embobado con todos aquellos fósiles y podía decir con toda seguridad que lo que había debajo de la arena también lo era.
Esperé a que las condiciones fueran las adecuadas. La marea estaba a punto de subir y dejaría nuevos sedimentos.
Con una pala rodeé el contorno de aquel hueso que tendría más o menos mi altura, y lo fuí desenterrando poco a poco. Cuando por fin conseguí sacarlo de la arena lo observé de cerca. Estaba perfecto. Tendría más de setenta millones de años pero todavía podían apreciarse los detalles, los surcos de los vasos sanguíneos en los extremos y la herida que había dejado un cuerno en alguna pelea.
Arrastré el hueso por la arena hasta el agua. Tenía que asegurarme de que nadie encontrara el yacimiento, se pusieran a excavar, lo desenterrara y acabaran por estropearlo todo.
Ahora ya sólo quedaba asegurarme de que el hueco que había dejado el hueso era suficientemente grande. Me tumbé dentro y comencé a cubrirme con la arena. Podía notar la conexión con los demás huesos en mis pies, en mi cabeza.
"Las condiciones de fosilización son excelentes" pensé unos segundos antes de hundirme por completo, notando ya la arena húmeda a mi alrededor, y que la marea, por fin, había subido.

jueves, 16 de octubre de 2008

El agua desde arriba

Levanta la tapa de la pecera para mirar el agua desde arriba. Se sacude los restos de confeti que le han quedado en el pelo con la mano, y uno de ellos cae al agua. Hay peces azules, naranjas, y blancos, lo que más. También ha visto uno de esos peces aspiradora, tan locos como su madre por dejarlo todo limpio, limpio.
―Es curioso lo de los elefantes ―escucha decir a alguien.
Los demás se han sentado en torno a la tele, y Sara pasa con las manoplas puestas, a punto de sacar la tarta del horno, deja sobre la mesa una cubitera y una jarra y se esfuma corriendo hacia la cocina.
Los peces siguen de una esquina a otra, ondulando como una lámina de papel albal bajo el agua. En cuanto pueda apartar la vista de los peces, se girará hacia la mesa y cogerá los hielos. Irá vaciando todos los cubitos sobre el agua. Cuando pueda apartar la vista de los peces, piensa. Al fondo, alguien hablará de la longitud de los agujeros de gusano.

jueves, 21 de agosto de 2008

Algo de comer

Se ha escondido en mi garaje, entre las bicicletas y los tubos para montar el toldillo del jardín. Apenas habla y a veces le escucho salir a escondidas por las noches. Yo le suelo preparar algo de comer y se lo dejo junto a la puerta, por si tiene hambre y quiere salir. Sé que es inútil, pero aún así lo sigo intentando.
Me lo ha contado ―sí, me ha contado por qué se oculta― y me ha dicho que tiene miedo. De momento sólo roba piezas pequeñas, como los tubos de escape y las juntas de los motores. Y llega con la cara negra, tendré que recordar bajarle una toalla la próxima vez.
―Sólo cosas pequeñas ―me dijo con la boca llena cuando le encontré con un limpiaparabrisas en la mano, todavía a medio masticar.
Sólo cosas pequeñas, eso me asSólo cosas pequeñas, eso me asegura. Me pregunto si sabe que después ya no podrá calmar su hambre sólo con los limpiaparabrisas o los retrovisores y necesitará el coche entero. Y luego quizás empiece con los autobuses y los camiones. Lo que no sé es qué irá después, hace días que trato de no salir de casa.egura. Yo sé que no, que luego necesitará el coche entero. Y empezará con los autobuses y los camiones.
Cuando hoy he bajado a hacerle compañía me ha ofrecido un delicioso pedazo de neumático. He tratado de recordar porqué no salgo de casa desde hace dos semanas.
Trato de concentrarme en esa razón mientras cojo la tuerca que me ofrece y me la llevo a la boca.
—Tendré que volver a dejar la luz del porche encendida ―me digo, mientras cojo la segunda tuerca y mastico despacio.

lunes, 7 de julio de 2008

Guías imprescindibles

El libro había quedado sobre los papeles del envoltorio, en la mesa de la cocina. Ella le había dado el paquete y luego se había escabullido sigilosamente hacia la puerta. Había susurrado un leve adios.
Por eso ahora él miraba fijamente el libro, los papeles y las copas vacías sobre la mesa. Y después de un rato seguía sin entender.
—Guía canina para la supervivencia ―se leía en letras grandes y blancas sobre la portada—. Volumen 1: Vida en la ciudad de los gatos.

domingo, 8 de junio de 2008

Accidentes caseros (5)

—Pon el plato de postre en su sitio —le dijo su madre—, si quieres tarta otro día.
Pero cuando se acercó al lavavajillas ―el hermano mayor lo había dejado abierto, enseñando las fauces― cayó dentro y la puerta se cerró detrás de él.
Se tapó la nariz y aguantó la respiración todo lo que pudo. Al salir la ropa le había encogido y tenía los calcetines del color de la camiseta. Aún así buscó a su madre.
—No quiero nunca más tarta de chocolate —le dijo―. El próximo día cómprala de fresa.
Luego subió corriendo a su habitación, orgulloso, imaginando que había sido un león quien le había mordido en el brazo.

martes, 20 de mayo de 2008

Accidentes caseros (4)

Dice mi hermano que para esconderse de verdad hay que hacerlo debajo de una alfombra. Por ejemplo la alfombra del salón.
La alfombra del salón es una ja-ra-pa —vamos, repite, niño, dilo despacio—, con flecos a los lados, con hilos por todas partes.
Para esconderse de verdad hay que colarse por una grieta (o una arruga) que alguien descuidado haya formado en la alfombra. Hay que cubrirse bien, pegarse al suelo frío, sentir la sangre fría en las palmas de las manos.
Luego hay que esperar a que salga el sol y empiece a calentarnos por encima. Acechar hasta que no se pueda más, y se necesite volver irremediablemente a la luz. Hasta que mamá diga "se ha colado una mosca en casa" y tú salgas de la grieta y ¡zas!, la atrapes de un lengüetazo.

sábado, 17 de mayo de 2008

¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
El fotógrafo levantó la cabeza sobre la cámara.
―Un poco más a la izquierda, Marcos ―me dijo.
Yo, obediente, me apreté un poco más. Ella seguía cuchicheándome aquello del sueño.
―Los sueños no tienen el cielo de color azul ―le dije.
Pero al volverme hacia ella vi que se había quedado congelada. El fotógrafo también, con la foto en la mano. Se la quité y la miré. Al lado de Ana empezaba a aparecer una silueta. Dí un paso atrás y sacudí la foto, con todas mis fuerzas. Aquella silueta, me dije, no debía aparecer del todo.

viernes, 9 de mayo de 2008

Se oye un murmullo fuera de la casa

—¿Sabe? ¿Esos patos que hay siempre nadando ahí? En primavera y eso. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
J.D.SALINGER
El guardián entre el centeno (1945)


Ahora, sentado aquí, escribiendo estas líneas, estoy bastante seguro de que los pájaros de Hansel y Gretel han terminado de picotear nuestros cuentos y ya no nos queda comida para alimentarlos.
Wilhelm no me deja asomarme a la ventana. Me ha pedido que escriba esto y lo deje sobre la mesa. No me ha dicho nada más. Se oye un murmullo fuera de la casa cada vez más fuerte. Temo que ahora vengan a por nosotros.

domingo, 4 de mayo de 2008

Preguntas directas

A la mujer indecisa le gusta —podría decirse que adora— que le hagan preguntas directas. Porque ella es sincera, sobretodo. Siempre ha pensado que no sería capaz de decirle una mentira a nadie.
Pero si a la mujer indecisa le hacen una pregunta indirecta ella se bloquea, le tiembla la cabeza y no puede mirar fijamente a ningún lado. Si no le hacen una pregunta directa contestará cualquier cosa. A saber:
—No lo sé. No guardo hielo debajo de la cama —dirá si alguien le pregunta cómo se lo pasó en la fiesta de trabajo del sábado pasado.
—Lo siento, pero no colecciono cacahuetes —le contará a cualquiera que le pregunte por la dirección de una calle.
Ella prefiere cosas así:
—¿Están terminados los informes del viernes? —le preguntará su jefe.
Ella, satisfecha por la pregunta, sonreirá de oreja a oreja y mirará profundamente a los ojos del hombre que es su jefe (aunque no sabría decidir si es lo bastante guapo para ella), él le devolverá la mirada hasta que ella diga, con una seguridad aplastante:
—No. Los informes no estás terminados.

sábado, 26 de abril de 2008

Accidentes caseros (3)

—¡Pero qué has hecho, niño! —me grita mamá.
Yo estoy sacando al pajarillo de la lavadora. Ella no para de gritarme y me sube y me encierra en mi habitación. Castigado, dice. Y me lo quita sin ni siquiera darme tiempo a explicarle por qué estaba tan sucio.

miércoles, 23 de abril de 2008

Día del libro / Por eso había decidido

Para Lucas, por la idea

Al escritor a tiempo parcial nunca le habían escuchado cuando decía aquellas cosas, extrañas a los oídos de los demás. Por eso había decidido. Ese día el escritor que sólo podía escribir en su tiempo libre había apartado la mesa y las sillas contra las paredes del salón. Había elegido los mejores libros, los libros de su vida, aquellos que todavía buscaba por la noche al despertar de un mal sueño. Eran dos pilas grandes que, al escritor que siempre quiso dedicarse a escribir pero no tenía tiempo, le parecían casi hermosas con aquella luz amarillenta. Pero había decidido.
Entonces cogió uno de los libros, lo abrió, lo acarició, leyó un poco aquí y allá, y cuando encontró el lugar exacto, con un gesto preciso y rápido para evitar el dolor, arrancó la página y la dejó a un lado.
El escritor a ratos tuvo que sujetarse la cabeza con la mano, coger aire, mirar hacia los demás libros con cariño. Pidiendo perdón. Aún así cogió el siguiente, porque había decidido hacerlo. Aquel lo había leído de niño, en la escuela, escondiéndolo debajo de un libro de texto mientras la maestra se afanaba con los números. Arrancó tres páginas y sacudió la cabeza antes de coger otro libro más.
Cuando acabó, los montones yacían desordenados, revueltos por el suelo. El escritor que no podía dedicarse a escribir, sin soltar aquellas hojas arrancadas, cogió la cinta adhesiva que había tenido buen cuidado en dejar preparada.
Empezó por los pies, era lo más fácil. Fue pegándose las hojas una a una a la piel. De vez en cuando paraba y volvía a leer el fragmento que había quedado a la altura de la rodilla, o el que le colgaba de un costado. A veces sonreía, con esa sonrisa triste de quien sabe que no puede tenerlo todo. Pero lo único que podía importarle en ese momento, lo había decidido así, era el cosquilleo de las páginas sobre el cuerpo, el estar cubierto de tinta y papel; el saber que, poco a poco, cuando se acurrucara pensando en el poco tiempo de su vida que había dedicado a escribir, al final se estaría convirtiendo en su propia historia.

sábado, 19 de abril de 2008

Accidentes caseros (2)

—Oh, venga, no miréis así al pobre microondas ―decía mamá—. Es demasiado joven para saber que no importa que el horno sepa que tiene miedo.
—Miedo ¿de qué? —preguntó el niño pequeño, curioso.
Su hermano se agachó y se lo dijo al oído. Con una sonrisa maliciosa le vio irse corriendo y meterse en la lavadora entre los calcetines blancos y húmedos que todavía estaban allí dentro.

martes, 15 de abril de 2008

Accidentes caseros (1)

Mamá mudó la nevera al salón porque, eso decía ella, la cocina era un lugar demasiado peligroso para los electrodomésticos.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Todavía algunas veces huele a sangre

Todavía algunas veces huele a sangre y aún así no había querido lavarse las manos. A veces cortando queso en taquitos para echar en la ensalada, estando como en trance, se llevaba las manos a la nariz y se las olía.
—Sí —decía para sí mismo—. Todavía huelen a sangre.
Luego continuaba con lo que estaba haciendo.
A su alrededor la gente se acostumbró a lo que hacía. Y le dejaban. Pensaban que le hacía feliz.
Sólo el día en que cogió por primera vez a su hija en brazos fue diferente. Al dejarla en la cuna y olerse las manos rompió a llorar.

domingo, 24 de febrero de 2008

Amor bacteriano

Pienso regalarte mis péptidoglicanos. Pero sólo si me quieres. ¿Lo haces?

jueves, 21 de febrero de 2008

Burn it up

Y si alguien pregunta:
—¿Dónde estarás esta tarde?
Otro podría responder:
—Lo siento, hoy sólo haré una cosa. Quemaré libros de Harry Potter.

lunes, 18 de febrero de 2008

Me dijo que me dejaba por otra

Me dijo que me dejaba por otra.
—¿Por quien? —pregunté yo.
Él cogió aire.
Me miró despacio.
Luego se tocó el cuello como cada vez que estaba nervioso, como la vez en la que me propuso viajar hasta aquella ciudad.
—Me voy con Barcelona —me dijo con ojos tristes— ¿Lo siento?

jueves, 14 de febrero de 2008

Cómo ocurren las cosas (o el lugar de dónde vienen)

Para Hank que preguntó

Una muchedumbre le grita al escritor. Están parados delante de su casa —el tercer piso de un edificio blanco, muy blanco— y gritan con enfado hacia las ventanas cerradas. Algunos tiran piedras.
—¿Cómo se te ocurren estas cosas? —gritan.
El escritor sale a la terraza. Él —seguro que sí— preferiría que no se lo preguntaran. No le gustan las multitudes. Prefiere las personas.
—¿De dónde vienen? —la multitud sigue gritando.
El escritor se rinde. Será mejor que se lo diga, piensa. Suspira, mira las caras que esperan conteniendo la respiración allí abajo, esperando que hable. Que él les hable.
—Pues el truco —empieza dubitativo—, el truco es salir por las mañanas temprano a coleccionar saltamontes.
Mira hacia abajo. Sabe que diga lo que diga no le creerán pero aún así le escuchan, quieren saber.
—¿Cómo se le ocurren estas cosas? —dicen, pero es apenas un susurro.
—Aunque un amigo —continúa el escritor— dice que no, que el truco está en que lo que hay que coleccionar no son saltamontes sino rabos de lagartija.
Entre la multitud, sólo se oyen las respiraciones pausadas de quienes escuchan de verdad.
—Y un tercero piensa que en absoluto es ninguna de estas cosas. Me dice que lo que hay que coleccionar son esos trozos de vaquero que se rompen de los pantalones de las adolescentes los viernes por la tarde.
La muchedumbre, ahí abajo, se agita nerviosa.
—¡Habrase visto cosa igual!— decían algunos—. ¡Miente! ¡Miente! ¡Es seguro que lo hace!
Pero otros se lanzaban miradas furtivas y —el escritor estaba seguro— ese viernes saldrían a recolectar trocitos de tela azul enganchados en los salientes de las baldosas de las aceras o en alguna valla baja. Esto le hizo sonreír.
Incluso llegó a pensar que no sería mala idea sacar la colección de saltamontes del desván. Quitarles el polvo un poco quizás y, si el tiempo era propicio, salir a la mañana siguiente. Puede que encontrara uno de aquellos difíciles de ver, uno de esos saltamontes que cualquier coleccionista se pasa la vida buscando.

viernes, 8 de febrero de 2008

Soldaditos

Desfilaban despacio, los soldados. Un dos, un dos, los soldados. Hacia la bolsa negra, los soldados. Un dos, un dos. Miraban a mamá, los soldados. Un dos, desfilando hacia la bolsa negra, los soldados, un dos. Llovía. Un dos, un dos. Hacia la bolsa negra. Llovía. En la bolsa negra, los soldados. Con los papeles, con el resto de papeles, los soldados. Ahí van. Ahí vamos, soldados. Miramos a mamá, los soldados, nosotros. Un dos, un dos. Desfilamos. Mamá, desfilamos. Un dos. Mamá. Déjanos quedarnos. Un dos, un dos. En la bolsa negra, un dos, con el resto de la basura, los soldados. Ahí vamos, mamá. Los soldados, un dos, un dos. No más juguetes, soldados. Hemos crecido, mamá.