Dice mi hermano que para esconderse de verdad hay que hacerlo debajo de una alfombra. Por ejemplo la alfombra del salón.
La alfombra del salón es una ja-ra-pa —vamos, repite, niño, dilo despacio—, con flecos a los lados, con hilos por todas partes.
Para esconderse de verdad hay que colarse por una grieta (o una arruga) que alguien descuidado haya formado en la alfombra. Hay que cubrirse bien, pegarse al suelo frío, sentir la sangre fría en las palmas de las manos.
Luego hay que esperar a que salga el sol y empiece a calentarnos por encima. Acechar hasta que no se pueda más, y se necesite volver irremediablemente a la luz. Hasta que mamá diga "se ha colado una mosca en casa" y tú salgas de la grieta y ¡zas!, la atrapes de un lengüetazo.