martes, 23 de octubre de 2007
lunes, 15 de octubre de 2007
Sólo te conozco en las horas pares.
No quiero hacerlo.
De verdad que no.
Yo sólo te conozco en las horas pares.
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pisaron la hierba
rastro: Recién podado
martes, 9 de octubre de 2007
En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos.
—Tonto, tonto, tú qué sabrás.
Se acabaría recoger sus lágrimas, ponerlas sobre el espejo y pensar que era una ventana mojada por la lluvia.
semana 5
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pisaron la hierba
rastro: Los de la radio, Recién podado
jueves, 4 de octubre de 2007
Los lunes
Así son los míos.
¿O quizás se parezcan más a una cesta lila colgando del techo, taxis lluviosos en la selva o semáforos aplastados por un hipopótamo?
No sé.
Pero algo sí que podría afirmar.
Los lunes son lunes.
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rastro: El sonido de la hierba, Parques públicos, Recién podado
jueves, 27 de septiembre de 2007
Olas
El sol creció verde.
Desaparecieron las risas.
Sumaba olas.
Hasta ciento cinco.
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rastro: El sonido de la hierba, Recién podado
lunes, 17 de septiembre de 2007
Una ballena en el huerto
Había dado varías vueltas alrededorm luego lo había tocado con cuidado. Era resvaladizo pero tenía aquellos dos salientes que le recordaban a las sardinas que su tío pescaba a finales de verano. Excabó alrededor y tiró de la cola. Una vez la tuvo en brazos —se movía, o sea que no estaba muerta— supo que era una ballena pequeña, de las que salían en los libros del colegio. Creía recordar que las ballenas vivían en el agua así que se acercó al río y la sumergió. La ballena pareció despertar y se revolvió en el agua. Saltó, salpicó, bricó por encima de las piedras y coleteó hacia la tierra. Una vez allí hizo un agujero y se volvió a enterrar.
—Yo sé lo que ví. Era una ballerna de tierra.
—A tú cuarto niño, te he dicho mil veces que no debes mentir.
—Sí mamá.
Y se fue con la cabeza agachada.
Pero iba a volver a comprobarlo.
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rastro: El sonido de la hierba, Recién podado
martes, 28 de agosto de 2007
Ácidas
Pero sin duda, lo mejor de todo son las palancas de cambio ácidas —otros dicen que correosas, qué sabrán ellos de exquisiteces—. Ácidas, sí.
Ácidas.
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rastro: Briznas viajeras, El sonido de la hierba, Recién podado
lunes, 27 de agosto de 2007
El árbol del jardín
Serio se plantó ante su padre.
—Necesito las tijeras de podar.
Los padres lo miraron (incluso apagaron la tele).
—Pero niño, ¿para qué quieres las tijeras ahora? Está nevando.
—Necesito las tijeras.
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rastro: Briznas viajeras, Musciescaturas, Parques públicos, Recién podado
lunes, 20 de agosto de 2007
Las canicas
—¿Qué?
—Los niños, que han dejado las canicas por ahí.
Ella le mira en la cara oscuridad del molino y le coloca el flequillo.
—¿Me has oído?
—Algo de unas canicas— contesta pasándole una mano por el pecho.
—¿Crees que deberíamos despertarlos para que las recojan? Acaban de acostarse.
—Ya estarán dormidos.
—Puede que no.
Él se incorpora y mulle la almohada. Se queda un momento así, sentado, mirándola de reojo, tumbada de lado, jugando con el borde de la sábana, mientras decide si despertar a los niños.
—¡Oh, venga! Deja a los niños.
—Casi me caigo con las canicas.
—Ya las recogerán mañana.
—Casi me caigo y me parto un brazo. ¿Es que no te importa que alguien se rompa un brazo? ¿Que yo me rompa un brazo?
—Qué exagerado.
—O una pierna ¿Qué harías si me rompo una pierna?
Ella no contesta.
—Ya las recogerán mañana.
—¡No, voy a levantarles! Está decidido.
Pero se queda quieto, incorporado sobre la cama.
—Pensé que habías dicho que ibas a levantarlos.
—Estoy pensando.
—Pues vaya.
—Vaya ¿qué?
—Que lo tengas que pensar.
—Pues ve tú si quieres.
—Podría romperme un brazo ¿No es eso lo que decías?
—Yo no he dicho eso.
—Lo dijiste.
Ella también se incorpora. Se miran a oscuras.
—Entonces ve.
—Estoy pensando.
—Vale. Piensa—. Se cruza de brazos.
—¿Vas ya?—repite.
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rastro: Briznas viajeras, Recién podado
lunes, 13 de agosto de 2007
Conejos
Carta a una señorita en París
Bestiario (1951)
Te reirías de mí —esa sonrisa en los ojos mirándome profundamente, diciendome guapa sin apenas mover los labios— si supieras que colecciono conejos.
Son bellos.
Por eso los guardo.
Cada día salgo y cazo uno nuevo. Y al anochecer vuelvo al castillo y le dejo salir —entre tímido y curioso— a la hierba. Luego los demás vienen —un mar de orejas saltando— y le dan la bienvenida. Se tocan los hocicos y el nuevo se pierde entre ellos, saltando y moviendo las orejas.
Me mirarías con esa sonrisa tuya, tan leve, si lo supieras. O quizás si me vieras salir del castillo entre la niebla (y los conejos saltando a los lados, balanceándose) arrastrando el vestido de novia —largo, rojo y turquesa como en el tiempo de los cuentos— entonces me dirías guapa y recordaríás que la hierba es verde.
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rastro: Briznas viajeras, Recién podado
viernes, 3 de agosto de 2007
Columpios
¿Quizás el ruido de las cadenas?
—El latido de los fantasmas— dices.
El de los castillos en lo alto de colinas verdes, resonando fuerte el criuk, criuk de las cadenas de los fantasmas entre las paredes de piedra.
¿O acaso mejor nos merendamos los fantasmas fríos, el mío helado? El tuyo sabe a vainilla y yo tengo uno de nata. Al acabar te guardas el palillo en el bolsillo y sigues pegada al poste metálico que sujeta los columpios. Uno de los niños salta y sale corriendo y el asiento de madera se mueve adelante y atrás, tan errático como tus ojos al mirarlo. Ese pedazo de madera vacío pero todavía moviéndose y como resignada vuelves a apoyar la oreja en el poste otra vez y dime —sí, dime— qué placer oscuro obtienes al escuchar el crujido de los columpios. Todos los niños allí, balanceándose.
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rastro: Briznas viajeras, El sonido de la hierba, Recién podado
martes, 31 de julio de 2007
Zoológico
Da dos vueltas más en la cama. El colchón está duro y bajo su espalda algo. Con desgana agarra el cuchillo de la mesilla y lo clava en el colchón. Abre un buen agujero y los muelles salen disparados.
El problema duerme justo allí, entre la gomaespuma, un erizo hecho una bola. Lo despierta y lo hace saltar de la cama. Luego un pato golpea la ventana y se cuela por el cristal entreabierto. Al principio parece mareado pero luego empieza a rebuznar. Acaba por despertar a los vecinos que, amantes de los perros —pertenecen a la asociación contra el uso defensivo de los perros, algo que consideran denigrante para los pobre animales— amenazan con soltar a los conejos que también se cuelan por la ventana.
Tratando de olvidar las obejas, los ciervos, el erizo, el pato y los conejos que se amontonan en su habitación —apenas queda un poco de espacio al fondo— se gira en la cama y, de lado, mira fijamente la pared. Coje la almohada y se la pone sobre la cabeza para no escuchar al pato rebuznar. Un escalofrío le recorre la espalda al sentir las patas —peludas algunas, otras pegajosas y otras ligeras— de un montón de arañas salen de entre la funda.
Los conejos han empezado a mirar con ojos golosos a los ciervos. El pato huye a una esquina, acorralado por las arañas y el erizo sigue hecho una bola al fondo del todo. Se inclina sobre el borde de la cama, saca medio cuerpo fuera, y tantea el suelo —allí lo escondió la última vez—, aparta las hormigas que estaban dormidas ya —deja el terrario abierto por la noche porque sabe que las hormigas prefieren dormir debajo de su cama— y coje su cuaderno. De debajo de la almohada saca el boli.
Enciende la luz y empieza a escribir.
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rastro: Briznas viajeras, El sonido de la hierba, Parques públicos
sábado, 28 de julio de 2007
Elefantes en la arena
—Mejor lo volvemos a enterrar antes de que venga mamá —dice Eleanor.
Los demás cojemos las palas y empezamos a cubrirlo de arena otra vez. El elefante se tumba en el cajón y se deja hacer. Ya sólo sobresale la cabeza.
Seguimos echando arena y más arena con las palas. Todo queda liso, perfecto. Mamá nos llama a la mesa. Los demás echan a correr pero yo me detengo un momento más. Vuelvo al cajón de arena y empiezo a excabar. Luego ya corro hacia la cocina con los otros.
El cubo sobre el cajón de arena tapa el hueco y también la trompa del elefante.
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rastro: Briznas viajeras, Recién podado



