o 1 Campo 2 Ca 3 Campo 1 Co 2 Campo 2 Campo 3 Campo 3 Campo 3 Campo 3 Ca 3 Campo 3 Campo 3
o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

martes, 23 de octubre de 2007

Ése viene a por ti



No disponible en este momento.





Pincha aquí si quieres leer este post.




lunes, 15 de octubre de 2007

Sólo te conozco en las horas pares.

Me quieres a medias cuando caminas por el otro lado de la calle mirándome, dos pasos por detrás de mí. Pero sólo hasta las cinco de la tarde. Luego ya no. Desapareces en el parque, o vas al centro comercial, o quizás es que has pasado por delante del zoo y te paras a mirar a las leonas. Nunca me lo dices cuando vuelves a las seis y nos tomamos un helado a medias.
No te sigo cuando sales, eso es cierto.
No quiero hacerlo.
De verdad que no.
Es sólo que cuando llegan las cinco quizás te hayas ido al zoo a mirar a las leonas o quizás no.
Eso no lo sé.
Yo sólo te conozco en las horas pares.

martes, 9 de octubre de 2007

En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos.

En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos. No al menos en los espejos contrapuestos de aquel baño al que íbamos con Amanda. No nos volveríamos a ver reflejados, como una multitud contrapeada en el espejo sucio, roto que nos multiplicaba aún más. No tocaríamos el pestillo oxidado para encerrarnos con ella, ni la pintura desconchada de las paredes. No la veríamos retocarse la ropa antes de salir, replicada mil veces por el espejo, mientras se calzaba las botas. Ella no volvería a decir:
—Tonto, tonto, tú qué sabrás.
Se acabaría recoger sus lágrimas, ponerlas sobre el espejo y pensar que era una ventana mojada por la lluvia.

Finalista en el concruso Relatos en Cadena de Escuela de Escritura y Cadena SER
semana 5
Se puede leer AQUÍ

jueves, 4 de octubre de 2007

Los lunes

Los lunes no son de oro, no. Los lunes son mejor que las cerezas cuando se derriten en medio de un helado de mantequilla.
Así son los míos.
¿O quizás se parezcan más a una cesta lila colgando del techo, taxis lluviosos en la selva o semáforos aplastados por un hipopótamo?
No sé.
Pero algo sí que podría afirmar.
Los lunes son lunes.
Y a mí me gustan el sabor del desierto.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Olas

De sumar olas de piedra se le quedaron los ojos grandes, muy grandes. Con sumo cuidado tiró del hilo que sobresalía de su uña. Poco a poco se fue descosiendo del todo. Las gaviotas tejedoras son muy raras, pere ese día encontró una barada en la arena.
Dos nubes se rozaron.
El sol creció verde.
Desaparecieron las risas.
Sumaba olas.
Hasta ciento cinco.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Una ballena en el huerto

Porque ¡ay! encontró aquella ballena enterrada en el huerto a medio día, después de escaparse de casa para evitar el castigo que le pondrían por haber estrujado los huevos de las gallinas contra el perro. Sabía perfectamente cual era la planta de perejil de la esquina, y que los tomates no se recogían hasta dentro de un mes, pero aquello que sobresalía entre las lechugas estaba seguro que no era ni siquiera escarola —de pequeño las confundía—, completamente seguro de que no lo era.
Había dado varías vueltas alrededorm luego lo había tocado con cuidado. Era resvaladizo pero tenía aquellos dos salientes que le recordaban a las sardinas que su tío pescaba a finales de verano. Excabó alrededor y tiró de la cola. Una vez la tuvo en brazos —se movía, o sea que no estaba muerta— supo que era una ballena pequeña, de las que salían en los libros del colegio. Creía recordar que las ballenas vivían en el agua así que se acercó al río y la sumergió. La ballena pareció despertar y se revolvió en el agua. Saltó, salpicó, bricó por encima de las piedras y coleteó hacia la tierra. Una vez allí hizo un agujero y se volvió a enterrar.
—Yo sé lo que ví. Era una ballerna de tierra.
—A tú cuarto niño, te he dicho mil veces que no debes mentir.
—Sí mamá.
Y se fue con la cabeza agachada.
Pero iba a volver a comprobarlo.

martes, 28 de agosto de 2007

Ácidas

Simplemente era un gusano[...]. Cuando encontraba un trozo lo suficientemente grande o que aparentaba ser jugoso, se lo cargaba a la espalda y se deslizaba, como sin prisa, a toda velocidad entre los coches, sorteándolos de una manera natural y poco cuestionable.

Neumáticos amargos, bocinas dulces, el cambio y la transmisión —pero no el resto del fuselaje, eso es como mezclar limón y mermelada— de un salado marino.
Pero sin duda, lo mejor de todo son las palancas de cambio ácidas —otros dicen que correosas, qué sabrán ellos de exquisiteces—. Ácidas, sí.
Ácidas.

lunes, 27 de agosto de 2007

El árbol del jardín

(Escuchando Concierto de cello en Mi menor, op. 85 - Sir Edward Elgar)

Serio se plantó ante su padre.
—Necesito las tijeras de podar.
Los padres lo miraron (incluso apagaron la tele).
—Pero niño, ¿para qué quieres las tijeras ahora? Está nevando.
—Necesito las tijeras.
Ellos se encogieron de hombros y volvieron a poner la tele. El niño arrugó el morro y se dio media vuelta.
Le costó abrir el cobertizo. El candado le resvalaba entre los guantes. Rebuscó entre todas las herramientas, algunas con escarcha por encima, y al fondo, colgadas sobre la mesa y con cuerdas por encima, estaban las tijeras de podar. Las descolgó haciendo equilibrios sobre un taburete y cuando por fin las tuvo a salvo —los pies en el suelo— las abrazó y salió al jardín.
El árbol era viejo, uno de esos que suelen salir en los cuentos como casa de duendes, elfos y demás criaturas mágicas. Parecía temblar cuando el niño acercó las tijeras.
Empezó con paciencia —crask crask crask, pausa, crask crask crask— y las ramitas más bajas fueron cayendo a los lados, salpicando nieve. Paró al rato, dejó las tijeras sobre las ramas cortadas y fue a por el taburete. Le faltaba poco, sólo unas ramas más.
Tiró las tijeras lejos y saltó del taburete. Acercó una mano al tronco del árbol y acarició la madera suave, lisa. Sabía que el violoncello habíá estado ahí siempre pero nunca se había atrevido a separar las ramas, a verlo. Lo sacó de su hueco y lo sostuvo contra sus piernas, el mastil contra el hombro. Pasó los dedos por las cuerdas metálicas y sintió sus latidos. Sopló los copos de nieve que habían quedado sobre la caja. Luego cerró los ojos —y la mano sobre el arco— y, como un murmullo helado por el invierno, empezó a tocar.


lunes, 20 de agosto de 2007

Las canicas

Para Alberto, a 20 de Agosto

—Los niños han vuelto a dejar todas las canicas desperdigadas por el suelo— dice él mientras mete una pierna entre las sábanas.
—¿Qué?
—Los niños, que han dejado las canicas por ahí.
Ella le mira en la cara oscuridad del molino y le coloca el flequillo.
—¿Me has oído?
—Algo de unas canicas— contesta pasándole una mano por el pecho.
—¿Crees que deberíamos despertarlos para que las recojan? Acaban de acostarse.
—Ya estarán dormidos.
—Puede que no.
Él se incorpora y mulle la almohada. Se queda un momento así, sentado, mirándola de reojo, tumbada de lado, jugando con el borde de la sábana, mientras decide si despertar a los niños.
—¡Oh, venga! Deja a los niños.
—Casi me caigo con las canicas.
—Ya las recogerán mañana.
—Casi me caigo y me parto un brazo. ¿Es que no te importa que alguien se rompa un brazo? ¿Que yo me rompa un brazo?
—Qué exagerado.
—O una pierna ¿Qué harías si me rompo una pierna?
Ella no contesta.
—Ya las recogerán mañana.
—¡No, voy a levantarles! Está decidido.
Pero se queda quieto, incorporado sobre la cama.
—Pensé que habías dicho que ibas a levantarlos.
—Estoy pensando.
—Pues vaya.
—Vaya ¿qué?
—Que lo tengas que pensar.
—Pues ve tú si quieres.
—Podría romperme un brazo ¿No es eso lo que decías?
—Yo no he dicho eso.
—Lo dijiste.
Ella también se incorpora. Se miran a oscuras.
—Entonces ve.
—Estoy pensando.
—Vale. Piensa—. Se cruza de brazos.
—¿Vas ya?—repite.
—¡Estoy pensando!
—Eso es que pretendes que vaya yo ¿no?
—Por supuesto que no.
—¿A qué esperas entonces?
—Ya las recogerán mañana.
—Vale, voy yo.
—De acuerdo, ve tú— dice él, se da media vuelta en la cama y se queda dormido.
Ella lo mira. "Ja, que te crees tú eso" se dice.
Pero se levanta y se asugura de coger un buen puñado de canicas y esparcirlas al lado de la cama, justo en el que él pondrá los pies al levantarse, todavía medio dormido. Cuando está todo listo busca el teléfono del hospital, lo deja en la mesilla y se imagina en la ambulancia, cogiéndole la mano.
—Ya te lo dije cariño, tenías que haber despertado a los niños.

lunes, 13 de agosto de 2007

Conejos

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

JULIO CORTÁZAR
Carta a una señorita en París
Bestiario (1951)

Recuerda que la hierba no es gris, es verde y aquí está toda llena de conejos. Conejos grises —y marrones— comisqueando la hierba (verde) entre la neblina blancoazulada al amanecer.
Te reirías de mí —esa sonrisa en los ojos mirándome profundamente, diciendome guapa sin apenas mover los labios— si supieras que colecciono conejos.
Son bellos.
Por eso los guardo.
Cada día salgo y cazo uno nuevo. Y al anochecer vuelvo al castillo y le dejo salir —entre tímido y curioso— a la hierba. Luego los demás vienen —un mar de orejas saltando— y le dan la bienvenida. Se tocan los hocicos y el nuevo se pierde entre ellos, saltando y moviendo las orejas.
Me mirarías con esa sonrisa tuya, tan leve, si lo supieras. O quizás si me vieras salir del castillo entre la niebla (y los conejos saltando a los lados, balanceándose) arrastrando el vestido de novia —largo, rojo y turquesa como en el tiempo de los cuentos— entonces me dirías guapa y recordaríás que la hierba es verde.

viernes, 3 de agosto de 2007

Columpios

Dime qué placer oscuro obtienes cuando apoyas una oreja en el poste del columpio —todos los niños allí, balanceándose—. Dime qué escuchas tan atentamente.
¿Quizás el ruido de las cadenas?
—El latido de los fantasmas— dices.
El de los castillos en lo alto de colinas verdes, resonando fuerte el criuk, criuk de las cadenas de los fantasmas entre las paredes de piedra.
¿O acaso mejor nos merendamos los fantasmas fríos, el mío helado? El tuyo sabe a vainilla y yo tengo uno de nata. Al acabar te guardas el palillo en el bolsillo y sigues pegada al poste metálico que sujeta los columpios. Uno de los niños salta y sale corriendo y el asiento de madera se mueve adelante y atrás, tan errático como tus ojos al mirarlo. Ese pedazo de madera vacío pero todavía moviéndose y como resignada vuelves a apoyar la oreja en el poste otra vez y dime —sí, dime— qué placer oscuro obtienes al escuchar el crujido de los columpios. Todos los niños allí, balanceándose.

martes, 31 de julio de 2007

Zoológico

Ni cerrando los ojos con fuerza. Da vueltas en la cama, a un lado, a otro. Cierra los ojos y cuenta obejas en un enorme prado saltando la valla. Una, dos, tres, cinco... Y ya casi pero allí aparecen los ciervos. Ciervos juerguistas medio borrachos que les sacan la legua de lejos y se ríen de ellas. Pobre obejas, salen corriendo.
Da dos vueltas más en la cama. El colchón está duro y bajo su espalda algo. Con desgana agarra el cuchillo de la mesilla y lo clava en el colchón. Abre un buen agujero y los muelles salen disparados.
El problema duerme justo allí, entre la gomaespuma, un erizo hecho una bola. Lo despierta y lo hace saltar de la cama. Luego un pato golpea la ventana y se cuela por el cristal entreabierto. Al principio parece mareado pero luego empieza a rebuznar. Acaba por despertar a los vecinos que, amantes de los perros —pertenecen a la asociación contra el uso defensivo de los perros, algo que consideran denigrante para los pobre animales— amenazan con soltar a los conejos que también se cuelan por la ventana.
Tratando de olvidar las obejas, los ciervos, el erizo, el pato y los conejos que se amontonan en su habitación —apenas queda un poco de espacio al fondo— se gira en la cama y, de lado, mira fijamente la pared. Coje la almohada y se la pone sobre la cabeza para no escuchar al pato rebuznar. Un escalofrío le recorre la espalda al sentir las patas —peludas algunas, otras pegajosas y otras ligeras— de un montón de arañas salen de entre la funda.
Los conejos han empezado a mirar con ojos golosos a los ciervos. El pato huye a una esquina, acorralado por las arañas y el erizo sigue hecho una bola al fondo del todo. Se inclina sobre el borde de la cama, saca medio cuerpo fuera, y tantea el suelo —allí lo escondió la última vez—, aparta las hormigas que estaban dormidas ya —deja el terrario abierto por la noche porque sabe que las hormigas prefieren dormir debajo de su cama— y coje su cuaderno. De debajo de la almohada saca el boli.
Enciende la luz y empieza a escribir.

sábado, 28 de julio de 2007

Elefantes en la arena

Cavando en el cajón de la arena hemos encontrado un elefante.
—Mejor lo volvemos a enterrar antes de que venga mamá —dice Eleanor.
Los demás cojemos las palas y empezamos a cubrirlo de arena otra vez. El elefante se tumba en el cajón y se deja hacer. Ya sólo sobresale la cabeza.
Seguimos echando arena y más arena con las palas. Todo queda liso, perfecto. Mamá nos llama a la mesa. Los demás echan a correr pero yo me detengo un momento más. Vuelvo al cajón de arena y empiezo a excabar. Luego ya corro hacia la cocina con los otros.
El cubo sobre el cajón de arena tapa el hueco y también la trompa del elefante.