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sábado 23 de junio de 2007

Variación III (Los palipantes)

Ameg Kion catalimbaba rombaliando la fogata en el centro de la maida.
Nosotros, kium todavía, bisbliseabamos viendo a Ameg catalimbar. A veces sentíamos el aliento de los akunaré carnivorando a los sisares cuando Ameg Kion se nos acercaba.
—Catalímbanos los palipantes— pedíamos.
Y Ameg Kion se acercaba al fuego.
—Akunaneig —decía y nos miraba—. Los kium quieren palipantes.
En la maida todos, también las kaig y los pasores, mirábamos a Ameg Kion que empezaba a catalimbar.
—Akunaneig, kium, el norik del aban los okus empezaron a crecen en los palipantes.
—Los okus –decía Ameg Kion y nos miraba mientras rombaliaba otra vez la fogata—. Los okus, mis kium, los okus crecieron en los palipantes y paikos.
Mintue, a mi lado bisbliseaba. Y todos pensábamos en los palipantes, los enormes palipantes, vencidos y tumbados entre el mutongo, paikos mientas los akunaré empezaban a carnivorarlos lentamente.
Ameg Kion imitaba entonces el sonido de los akunaré, de los palipantes, y los sisares. Y el de los matora cuando cazaban. Y luego, con voz profunda lloraba para nosotros, lloraba por los palipantes paikos entre el mutongo.
—Akunareig, mis kium, no dejéis que los okus crezcan en los palipantes.
Ameg Kion se sentaba en el mutola, casi más viejo que nunca y nuestras amampas y las kaig nos llevaban.
Nosotros, kium todavía, soñáramos que los okus no volvían, que nunca más crecían en los palipantes. Todavía nos quedaba un norik completo para ser pasores.


Tema- - - - - - - - - -Variación I- - - - - - - - - -Variación II


viernes 22 de junio de 2007

Variación II (preludio con lluvia)

Aunque había llovido mucho, mamá decidió sacar aquellos mamotretos de mármol y colocarlos en el jardín. Eran dos elefantes blancos. Había querido que los pusiera de adorno en el banquete de mi boda que hicimos en la finca pero yo me había negado.
—Quedarían bonitos— me decía mamá.
Los escondí entre los trastos de papá, en la caseta, pensaba que mamá no los buscaría allí. No se había acercado a la caseta desde lo de papá y las herramientas estaban completamente oxidadas.
Pero esa tarde de otoño los había sacado y los había colocado junto a los rosales, entre la hierba mojada.

* * * * * * * * * * * *

Thomas y yo terminaríamos la mudanza este fin de semana. Él ya lo tenía todo en el piso —habíamos comprado un piso precioso, un quinto, para que yo pudiera ver el mar si me asomaba de puntillas en la terraza—; a mí me faltaban apenas unas pocas cosas que envolver en mi habitación.
Mamá insistía en regalarme los elefantes del jardín.
—Toda esta humedad. Se están poniendo verdes.
—Igual que la hierba —decía yo.
—Es por la lluvia. Por eso se están poniendo verdes.
Volví a mi habitación. Metí un par de libros en la caja y un peluche —un burrito plateado— que Thomas me regaló en la feria, cuando nos conocimos. Miré otra vez las estanterías. Quería pensar que no debía llevarme nada más.
Cuando bajé con todo, mamá estaba en el jardín y con un trapo suave iba frotando el lomo de los elefantes. Dejé la maleta a un lado y yo también salí al jardín.
—Ayúdame —me dijo mamá.
Saqué otro trapo de la caseta de papá y me puse a frotarles las patas, las orejas, los colmillos y el lomo hasta que quedaron blancos otra vez.
—Llévatelos —volvió a decirme.
El cielo estaba gris y seguramente esa noche volvería a llover. Yo negué con la cabeza. Me metí un segundo en la caseta he intenté organizar todos los trastos. Mamá mientras siguió agachada sobre la hierba húmeda, limpiando los elefantes.

* * * * * * * * * * * *

Thomas pasó a buscarme antes de la cena. Metió la maleta en el coche mientras yo iba sujetando el paraguas para que no se mojara. Estaba todo listo. Mamá me hizo prometer que la visitaríamos pronto. Le dio dos besos a Thomas y luego le abrazó tanto que pensé que se le iban a romper los brazos.
A mí también me abrazó y me miró como si ya me viera desde lejos. Nos quedamos allí en silencio, unos segundos, con el sonido del coche al fondo y la lluvia goteando desde el tejado.Y aunque sabía que no tendría sitio en el piso, le prometí que, cuando volviera a visitarla, quizás entonces, también me llevaría los elefantes.


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miércoles 20 de junio de 2007

Variación I

Sí, esos, sí, los elefantes, de verdad, sí, los de las orejas enormes, los de África sí, cualquiera diría que sí, que les nacen hongos en la piel, pues sí. ¿Y qué voy a saber yo por qué? Pero sí, les nacen, y son enormes. Y los masai y los zulús le frotan la piel, día y noche, claro. Y frotan y frotan pero los hongos no se quitan, no. No hay forma de quitarlos, ni siquiera cuando el elefante ya ha muerto, sí, no hay forma.


Tema- - - - - - - - - -Variación II- - - - - - - - - -Variación III

Tema

A modo de forma musical aquí dejo de nuevo el Tema y en las entradas siguientes, las variaciones.

A los elefantes de África están empezando a crecerles hongos. Los masai y los zulus pasan el día lavándolos, frotando su dura piel de elefantes. Cómo si supieran que al final los hongos los acabarán matando.


Variación I- - - - - - - - - -Variación II- - - - - - - - - -Variación III