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o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

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lunes 17 de noviembre de 2008

La carpintería del abuelo

El abuelo me dejó la carpintería como herencia. A mí, sólo a mí, cuando podía habérsela dejado a Oscar o a Matías. Los tres nos pasábamos todo las tardes, después de salir de la escuela, corriendo de un lado a otro, cada uno con una astilla grande haciendo de espada ―o de cuchillo o garfio—. Jugábamos allí como podíamos haber jugado en cualquier otro sitio. Nos convertíamos en corsarios y abordábamos una mesa boca arriba, cargada de oro, a la que le faltaba una pata. Pero el abuelo me había dejado la carpintería a mí, con todo su serrín y los muebles a medias.
Lo había dicho otras veces. Había levantado la vista del palo de roble que tenía entre las manos y me había mirado
―Voy a dejarte la carpintería.
Luego volvía al trabajo. Trabajaba muy despacio, casi acariciando la madera. Si había algo que me gustaba del abuelo, además de cuando me dejaba pasarle los dedos por su pelo tan blanco, eran sus manos. La lentitud de sus manos. Había que quedarse quieto mucho rato, mirándole las manos, para ver que realmente se movían, que de verdad eran esas manos las que acababan construyendo todas las cosas con las que nosotros jugábamos cada tarde.
A veces se nos quedaba mirando, me había dado cuenta, sonreía cuando chocabamos nuestras espadas y me lo volvía a decir, casi incluso con la misma lentitud con la que trabajaba.
―La carpintería te la voy a dejar a tí.
Y yo, que no iba a dejar que mis hermanos me pillaran distraído y me mataran por esa tontería, no le prestaba atención.
Que era yo quien tenía que terminar los muebles también me lo decía, porque él iba a ser incapaz de acabarlos.
―Por eso te tienes que quedar con todo este montón de serrín, rapaz. Tienes que acabar los muebles.
Y yo le miraba y asentía pero nosotros tres éramos piratas y seguíamos peleando lo mismo por conseguir el oro del siguiente barco.


* * * *


El día en que el abuelo murió también estabamos allí, en la carpintería. Nosotros conquistabamos una isla de sillas sin barnizar y el abuelo estaba detrás, en el almacén, el único lugar donde no podíamos ir, eligiendo la madera correcta. Llevaba toda la primavera con aquella estantería y sólo le quedaba la última balda.
A media tarde Oscar había tirado su espada al suelo.
―Vámonos con las bicis ―había dicho y le habíamos seguido, como siempre.
Subimos y bajamos la cuesta del río una y otra vez frenando con las zapatillas. Echamos carreras y yo les dejé ganar. Pero sólo algunas veces, porque mi bici era la más rápida, tanto como una bici de carreras. Aún así, ninguno conseguía llegar hasta lo alto encima de la bici. Pedaleábamos hasta media cuesta y luego seguíamos empujando la bici hacia arriba, hasta el final, para coger más impulso y llegar lo más rápido al río, cruzarlo sin mojarnos, quitando los pies de los pedales.
Antes de que se fuera el sol volvimos a la carpintería a por el abuelo, porque mamá lo decía, y porque era la hora de cenar.
El abuelo no estaba, me di cuenta en seguida.
―Nosotros nos vamos―me dijeron Oscar y Matías―. Se habrá ido a casa ya.
Yo estaba seguro de que no. El abuelo nunca se iba a casa antes de que fuéramos a buscarle. Siempre seguía sentado en su silla, con alguna madera en las manos, recortando algo o lijando algún borde. Pero ellos me dejaron sólo en la carpintería, eso fue lo que hicieron.
El abuelo estaba en el almacén, dormido, pensé al principio. Era hermoso verlo apoyado en aquellos tablones, todavía con lo que seguramente fuera la última balda de la estantería cogida en las manos.
―Abuelo ―le dije despacio―. Abuelo.
Me senté con él y le pasé una vez más los dedos por su pelo blanco. Esperé y esperé y luego me quedé mirando los montones de madera y pensé que el abuelo tenía razón, y que todo eso era ahora mío porque siempre lo había sido.

viernes 31 de octubre de 2008

Porcelanas

No es que no te quiera, amor —le digo a veces—. Es que me pone nerviosa que te comas la taza de té al acabar.
Quizás es por eso por lo que me mira y sonrié tanto cuando, por cada cumpleaños, le compro un juego nuevo de porcelanas chinas.

martes 21 de octubre de 2008

Migraciones, regresos

Los escarabajos, dicen, no migran. Son pequeños y duros, resistentes. Sobre todo los que tienen cornamenta.
—¿Dónde vas con eso? —susurraría alguien en algún corrillo.
Por eso, y no por otra cosa, prefieren quedarse en casa, debajo de una corteza o de un banco de madera despintado o incluso pueden meterse debajo de la gorra que un niño haya tirado al suelo para ir a jugar al fútbol.
Cuando el niño vuelva pondrán su mejor cara de asustar, para que el niño suelte la gorra y corra hacia su madre.
—Mamá, hay un ciervo debajo de mi gorra —dirá.
Y la madre, que hablaba con otra madre —o con varías madres a la vez— dirá que es hora de volver (de migrar) hacia casa y darse un baño caliente.
Los escarabajos, cuando sea invierno y fuera no haya más que blanco, dejarán que sus niños, ya algo crecidos, practiquen sus clases de pintura en las paredes de tela.

. . . . . . . . . . .

Vuelve el Premio de Relato Mínimo Diomedea. Pincha en la imagen para leer las bases:

jueves 16 de octubre de 2008

El agua desde arriba

Levanta la tapa de la pecera para mirar el agua desde arriba. Se sacude los restos de confeti que le han quedado en el pelo con la mano, y uno de ellos cae al agua. Hay peces azules, naranjas, y blancos, lo que más. También ha visto uno de esos peces aspiradora, tan locos como su madre por dejarlo todo limpio, limpio.
―Es curioso lo de los elefantes ―escucha decir a alguien.
Los demás se han sentado en torno a la tele, y Sara pasa con las manoplas puestas, a punto de sacar la tarta del horno, deja sobre la mesa una cubitera y una jarra y se esfuma corriendo hacia la cocina.
Los peces siguen de una esquina a otra, ondulando como una lámina de papel albal bajo el agua. En cuanto pueda apartar la vista de los peces, se girará hacia la mesa y cogerá los hielos. Irá vaciando todos los cubitos sobre el agua. Cuando pueda apartar la vista de los peces, piensa. Al fondo, alguien hablará de la longitud de los agujeros de gusano.

viernes 12 de septiembre de 2008

Nuestro alcalde

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones. Estabamos en la plaza, esperando al pregón de las fiestas. El alcalde se retrasaba según la costumbre. Fue extraño verle salir del coche oficial con unas mallas azul y amarillo, como de superhéroe, y un casco bajo el brazo.
―Queridos ciudadanos... ―comenzó diciendo.
No terminó la frase. Se nos quedó mirando, seguramente asombrado por el impecable silencio que se había hecho a su alrededor. Se encajó el casco y se deslizó dentro del cañón después de pedirme que le prestara el mechero. Yo ―como todo buen teniente de alcalde debe hacer― me ofrecí a encender la mecha yo mismo.

jueves 21 de agosto de 2008

Algo de comer

Se ha escondido en mi garaje, entre las bicicletas y los tubos para montar el toldillo del jardín. Apenas habla y a veces le escucho salir a escondidas por las noches. Yo le suelo preparar algo de comer y se lo dejo junto a la puerta, por si tiene hambre y quiere salir. Sé que es inútil, pero aún así lo sigo intentando.
Me lo ha contado ―sí, me ha contado por qué se oculta― y me ha dicho que tiene miedo. De momento sólo roba piezas pequeñas, como los tubos de escape y las juntas de los motores. Y llega con la cara negra, tendré que recordar bajarle una toalla la próxima vez.
―Sólo cosas pequeñas ―me dijo con la boca llena cuando le encontré con un limpiaparabrisas en la mano, todavía a medio masticar.
Sólo cosas pequeñas, eso me asSólo cosas pequeñas, eso me asegura. Me pregunto si sabe que después ya no podrá calmar su hambre sólo con los limpiaparabrisas o los retrovisores y necesitará el coche entero. Y luego quizás empiece con los autobuses y los camiones. Lo que no sé es qué irá después, hace días que trato de no salir de casa.egura. Yo sé que no, que luego necesitará el coche entero. Y empezará con los autobuses y los camiones.
Cuando hoy he bajado a hacerle compañía me ha ofrecido un delicioso pedazo de neumático. He tratado de recordar porqué no salgo de casa desde hace dos semanas.
Trato de concentrarme en esa razón mientras cojo la tuerca que me ofrece y me la llevo a la boca.
—Tendré que volver a dejar la luz del porche encendida ―me digo, mientras cojo la segunda tuerca y mastico despacio.

jueves 7 de agosto de 2008

The white cliffs

―¿Quién pinta los acantilados de blanco? —le preguntas a ese niño sentado en la arena, debajo del arco.
Él te mira. Comprende.
—Sólo te puedo decir que lo hacen por la noche —dice, y vuelve la cara hacia el mar, otra vez.

miércoles 30 de julio de 2008

Frambuesas

Mamá siempre se lleva el enorme cuchillo que utiliza para trocear la carne cuando sale a pasear a los perros. Lo esconde en el bolso y luego ata a los perros en las correas. También coje la cesta. En cuanto llega a los árboles suelta a los perros y nos saluda con la mano.
Al volver nos trae frambuesas. Nosotros las devoramos con gusto. Son jugosas y rojas, muy rojas. Puede que por eso se lleve el cuchillo, para traernos la cesta llena de frambuesas. Aún así nunca hemos sabido por qué uno de los perros vuelve siempre cojeando y al llegar a casa se tumba en una esquina, lo más lejos posible de mamá, para lamerse una herida profunda en el cuello.

lunes 7 de julio de 2008

Guías imprescindibles

El libro había quedado sobre los papeles del envoltorio, en la mesa de la cocina. Ella le había dado el paquete y luego se había escabullido sigilosamente hacia la puerta. Había susurrado un leve adios.
Por eso ahora él miraba fijamente el libro, los papeles y las copas vacías sobre la mesa. Y después de un rato seguía sin entender.
—Guía canina para la supervivencia ―se leía en letras grandes y blancas sobre la portada—. Volumen 1: Vida en la ciudad de los gatos.

lunes 30 de junio de 2008

El gato de la maleta (VI)

La tercera vez —la última— no debimos haber abierto la maleta. No había pasado demasiado tiempo. Víctor volvía por un fin de semana y se traía una compañera de clase. No perdió tiempo en presentárnosla.
―Maika ―dijo y nos señaló―, estos son Pedro y Valentín.
Yo me sonrojé un poco al darle dos besos. Ahora reconozco que quizás no debí contarle la historia de la maleta porque ―de eso estaba seguro― nunca debimos abrirla aquella vez.
Preparamos una merienda en el campo. También era un día caluroso, de lagartijas en las piedras, y mientras Maika recogía un par de piedras lo suficientemente gordas como para sujertar el mantel, nosotros nos miramos. Esperamos unos segundos.
―¿Y la maleta? ―dijo Víctor.

sábado 21 de junio de 2008

El gato de la maleta (V)

[...] Entonces —debía ser tarde, ya no quedaban pájaros—, vimos como el gato sacaba una pata por entre las tapas y tocaba, rozaba apenas, la tierra de debajo. Nos debimos de quedar mudos. Escuchamos como erizaba el pelo y sacaba las uñas y como luego volvía al interior de su maleta —porque era su maleta— sin más aspavientos, sin que el mundo hubiera cambiado en absoluto. Aún así nos apresuramos a encerrarlo allí dentro, de golpe.
—Nunca más —nos dijimos.
Luego Víctor cargó su equipaje en el coche y Pedro volvió a casa. Yo todavía me quedé un rato más, pensando en el abuelo. [...]

martes 17 de junio de 2008

El gato de la maleta (IV)

[...] ―Quiero verlo.
Dijo eso. No dijo me gustaría verlo o quizás podríamos abrirla y mirar dentro. Quería volver a verlo así que apoyamos la maleta en el suelo, deslizamos los cierres metálicos hacia arriba que se abrieron con un clic suave y asomamos los ojos en aquel pequeño lugar oscuro desde donde ―sabíamos, ya lo sabíamos― el gato no había dejado de mirarnos desde el principio. La dejamos entreabierta y nos sentamos en torno a ella toda la tarde. Bromeamos sobre la novia de Pedro, quedamos en reparar la cabaña del árbol, nos acordamos del abuelo, de la tarde caliente cuando murió y luego nos quedamos en silencio mirando la maleta. Habíamos puesto un palo entre las tapas para que no se cerrara del todo. Y mirábamos —realmente nunca supimos cuanto tiempo habíamos pasado mirando aquella maleta vieja, tumbada en la hierba— tratando de escuchar como el gato maullaba desde dentro. [...]

domingo 8 de junio de 2008

Accidentes caseros (5)

—Pon el plato de postre en su sitio —le dijo su madre—, si quieres tarta otro día.
Pero cuando se acercó al lavavajillas ―el hermano mayor lo había dejado abierto, enseñando las fauces― cayó dentro y la puerta se cerró detrás de él.
Se tapó la nariz y aguantó la respiración todo lo que pudo. Al salir la ropa le había encogido y tenía los calcetines del color de la camiseta. Aún así buscó a su madre.
—No quiero nunca más tarta de chocolate —le dijo―. El próximo día cómprala de fresa.
Luego subió corriendo a su habitación, orgulloso, imaginando que había sido un león quien le había mordido en el brazo.

sábado 7 de junio de 2008

El gato de la maleta (III)

[...]—Asomaros, venga, que no muerde —nos decía el abuelo.
Abrió la maleta despacio, como cuando se abre un tesoro al que la luz puede hacer daño, y nosotros nos inclinamos sobre el borde, de puntillas, apoyando las manos en la cama, con aquella sensación de tener un nudo recién apretado en algún lugar del pecho. Fue cuando vimos a ese gato pequeño, encogido en una esquina.
Y cuando volvimos a abrir la maleta, el día en que Víctor se marchó a estudiar fuera, el gato seguía exactamente en el mismo lugar. Estaba allí agazapado, pequeño —pero no era un cachorro, eso siempre lo supimos—, maullando bajito para no alertar al mundo más allá de la maleta. Tenía los ojos muy grandes, muy negros, y una mancha pelirroja sobre el lomo blanco.
—¿Quién se lo queda? —preguntó Víctor mirándome a mí.
Pero ya lo sabíamos todos, como si fuera algo pactado de antemano tenía que ser yo quien se quedara con la maleta. Al menos hasta que volvieran, hasta que nos viéramos todos otra vez. Entonces Víctor, acercándose más a nosotros, bajo la voz y dijo aquello.[...]

miércoles 4 de junio de 2008

El gato de la maleta (II)

[...]—Pero abuelo... —parecía que estábamos a punto de decir, y no llegábamos a atrevernos.
—¡La maleta! —nos volvió a gritar.
Pedro y yo cogimos cada uno por un lado y la dejamos encima de la cama, al lado del abuelo.
—¿Sabéis lo que hay dentro? —nos preguntó inclinándose hacia delante, bajando la voz hasta hacerla casi un susurro.
Luego sonrió al ver que movíamos la cabeza asustadsuos porque lo único que sabíamos de aquella maleta era lo que la abuela gritaba cuando el abuelo llegaba de algún viaje.
—Esa maleta vieja —decía— parece que lleves muertos en ella.
Pero no, no había ningún muerto. Aquel día caliente y amarillo —veinte minutos antes de que el abuelo muriera— fue la primera vez que vimos al gato de la maleta. Luego, sólo lo veríamos dos veces más en toda nuestra vida.[...]

miércoles 28 de mayo de 2008

Primer párrafo de cuento, para evitar la sequía bloguera preexámenes


EL GATO DE LA MALETA

El abuelo nos dejó su vieja maleta como herencia. Murió despacio, seguro de sí mismo, como había sido siempre. El abuelo tenía sus cosas raras y aquel día —yo recuerdo un verano caliente, de lagartos tomando el sol hasta el último rayo de la tarde— nos pidió que le fuéramos a buscar esa maleta pequeña, de cuero, llena de pegatinas de colores, que llevaba siempre allá donde fuera. Víctor y Pedro aún no habían cumplido los siete y yo apenas pasaba de los nueve.
—La maleta, rapaces, venga, que me muero —nos había insistido—. No tengo todo el día.
Nosotros, que nunca habíamos visto al abuelo así, casi muerto, no dejábamos de mirarnos la punta de los zapatos negros que la abuela nos había hecho poner.[...]

martes 20 de mayo de 2008

Accidentes caseros (4)

Dice mi hermano que para esconderse de verdad hay que hacerlo debajo de una alfombra. Por ejemplo la alfombra del salón.
La alfombra del salón es una ja-ra-pa —vamos, repite, niño, dilo despacio—, con flecos a los lados, con hilos por todas partes.
Para esconderse de verdad hay que colarse por una grieta (o una arruga) que alguien descuidado haya formado en la alfombra. Hay que cubrirse bien, pegarse al suelo frío, sentir la sangre fría en las palmas de las manos.
Luego hay que esperar a que salga el sol y empiece a calentarnos por encima. Acechar hasta que no se pueda más, y se necesite volver irremediablemente a la luz. Hasta que mamá diga "se ha colado una mosca en casa" y tú salgas de la grieta y ¡zas!, la atrapes de un lengüetazo.

sábado 17 de mayo de 2008

¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
El fotógrafo levantó la cabeza sobre la cámara.
―Un poco más a la izquierda, Marcos ―me dijo.
Yo, obediente, me apreté un poco más. Ella seguía cuchicheándome aquello del sueño.
―Los sueños no tienen el cielo de color azul ―le dije.
Pero al volverme hacia ella vi que se había quedado congelada. El fotógrafo también, con la foto en la mano. Se la quité y la miré. Al lado de Ana empezaba a aparecer una silueta. Dí un paso atrás y sacudí la foto, con todas mis fuerzas. Aquella silueta, me dije, no debía aparecer del todo.

domingo 4 de mayo de 2008

Preguntas directas

A la mujer indecisa le gusta —podría decirse que adora— que le hagan preguntas directas. Porque ella es sincera, sobretodo. Siempre ha pensado que no sería capaz de decirle una mentira a nadie.
Pero si a la mujer indecisa le hacen una pregunta indirecta ella se bloquea, le tiembla la cabeza y no puede mirar fijamente a ningún lado. Si no le hacen una pregunta directa contestará cualquier cosa. A saber:
—No lo sé. No guardo hielo debajo de la cama —dirá si alguien le pregunta cómo se lo pasó en la fiesta de trabajo del sábado pasado.
—Lo siento, pero no colecciono cacahuetes —le contará a cualquiera que le pregunte por la dirección de una calle.
Ella prefiere cosas así:
—¿Están terminados los informes del viernes? —le preguntará su jefe.
Ella, satisfecha por la pregunta, sonreirá de oreja a oreja y mirará profundamente a los ojos del hombre que es su jefe (aunque no sabría decidir si es lo bastante guapo para ella), él le devolverá la mirada hasta que ella diga, con una seguridad aplastante:
—No. Los informes no estás terminados.

sábado 26 de abril de 2008

Accidentes caseros (3)

—¡Pero qué has hecho, niño! —me grita mamá.
Yo estoy sacando al pajarillo de la lavadora. Ella no para de gritarme y me sube y me encierra en mi habitación. Castigado, dice. Y me lo quita sin ni siquiera darme tiempo a explicarle por qué estaba tan sucio.