La carpintería del abuelo
Luego volvía al trabajo. Trabajaba muy despacio, casi acariciando la madera. Si había algo que me gustaba del abuelo, además de cuando me dejaba pasarle los dedos por su pelo tan blanco, eran sus manos. La lentitud de sus manos. Había que quedarse quieto mucho rato, mirándole las manos, para ver que realmente se movían, que de verdad eran esas manos las que acababan construyendo todas las cosas con las que nosotros jugábamos cada tarde.
A veces se nos quedaba mirando, me había dado cuenta, sonreía cuando chocabamos nuestras espadas y me lo volvía a decir, casi incluso con la misma lentitud con la que trabajaba.
―La carpintería te la voy a dejar a tí.
Y yo, que no iba a dejar que mis hermanos me pillaran distraído y me mataran por esa tontería, no le prestaba atención.
Que era yo quien tenía que terminar los muebles también me lo decía, porque él iba a ser incapaz de acabarlos.
―Por eso te tienes que quedar con todo este montón de serrín, rapaz. Tienes que acabar los muebles.
Y yo le miraba y asentía pero nosotros tres éramos piratas y seguíamos peleando lo mismo por conseguir el oro del siguiente barco.
El día en que el abuelo murió también estabamos allí, en la carpintería. Nosotros conquistabamos una isla de sillas sin barnizar y el abuelo estaba detrás, en el almacén, el único lugar donde no podíamos ir, eligiendo la madera correcta. Llevaba toda la primavera con aquella estantería y sólo le quedaba la última balda.
A media tarde Oscar había tirado su espada al suelo.
―Vámonos con las bicis ―había dicho y le habíamos seguido, como siempre.
Subimos y bajamos la cuesta del río una y otra vez frenando con las zapatillas. Echamos carreras y yo les dejé ganar. Pero sólo algunas veces, porque mi bici era la más rápida, tanto como una bici de carreras. Aún así, ninguno conseguía llegar hasta lo alto encima de la bici. Pedaleábamos hasta media cuesta y luego seguíamos empujando la bici hacia arriba, hasta el final, para coger más impulso y llegar lo más rápido al río, cruzarlo sin mojarnos, quitando los pies de los pedales.
Antes de que se fuera el sol volvimos a la carpintería a por el abuelo, porque mamá lo decía, y porque era la hora de cenar.
El abuelo no estaba, me di cuenta en seguida.
―Nosotros nos vamos―me dijeron Oscar y Matías―. Se habrá ido a casa ya.
Yo estaba seguro de que no. El abuelo nunca se iba a casa antes de que fuéramos a buscarle. Siempre seguía sentado en su silla, con alguna madera en las manos, recortando algo o lijando algún borde. Pero ellos me dejaron sólo en la carpintería, eso fue lo que hicieron.
El abuelo estaba en el almacén, dormido, pensé al principio. Era hermoso verlo apoyado en aquellos tablones, todavía con lo que seguramente fuera la última balda de la estantería cogida en las manos.
―Abuelo ―le dije despacio―. Abuelo.
Me senté con él y le pasé una vez más los dedos por su pelo blanco. Esperé y esperé y luego me quedé mirando los montones de madera y pensé que el abuelo tenía razón, y que todo eso era ahora mío porque siempre lo había sido.

















