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o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

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viernes 31 de octubre de 2008

Porcelanas

No es que no te quiera, amor —le digo a veces—. Es que me pone nerviosa que te comas la taza de té al acabar.
Quizás es por eso por lo que me mira y sonrié tanto cuando, por cada cumpleaños, le compro un juego nuevo de porcelanas chinas.

martes 21 de octubre de 2008

Migraciones, regresos

Los escarabajos, dicen, no migran. Son pequeños y duros, resistentes. Sobre todo los que tienen cornamenta.
—¿Dónde vas con eso? —susurraría alguien en algún corrillo.
Por eso, y no por otra cosa, prefieren quedarse en casa, debajo de una corteza o de un banco de madera despintado o incluso pueden meterse debajo de la gorra que un niño haya tirado al suelo para ir a jugar al fútbol.
Cuando el niño vuelva pondrán su mejor cara de asustar, para que el niño suelte la gorra y corra hacia su madre.
—Mamá, hay un ciervo debajo de mi gorra —dirá.
Y la madre, que hablaba con otra madre —o con varías madres a la vez— dirá que es hora de volver (de migrar) hacia casa y darse un baño caliente.
Los escarabajos, cuando sea invierno y fuera no haya más que blanco, dejarán que sus niños, ya algo crecidos, practiquen sus clases de pintura en las paredes de tela.

. . . . . . . . . . .

Vuelve el Premio de Relato Mínimo Diomedea. Pincha en la imagen para leer las bases:

jueves 16 de octubre de 2008

El agua desde arriba

Levanta la tapa de la pecera para mirar el agua desde arriba. Se sacude los restos de confeti que le han quedado en el pelo con la mano, y uno de ellos cae al agua. Hay peces azules, naranjas, y blancos, lo que más. También ha visto uno de esos peces aspiradora, tan locos como su madre por dejarlo todo limpio, limpio.
―Es curioso lo de los elefantes ―escucha decir a alguien.
Los demás se han sentado en torno a la tele, y Sara pasa con las manoplas puestas, a punto de sacar la tarta del horno, deja sobre la mesa una cubitera y una jarra y se esfuma corriendo hacia la cocina.
Los peces siguen de una esquina a otra, ondulando como una lámina de papel albal bajo el agua. En cuanto pueda apartar la vista de los peces, se girará hacia la mesa y cogerá los hielos. Irá vaciando todos los cubitos sobre el agua. Cuando pueda apartar la vista de los peces, piensa. Al fondo, alguien hablará de la longitud de los agujeros de gusano.

viernes 12 de septiembre de 2008

Nuestro alcalde

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones. Estabamos en la plaza, esperando al pregón de las fiestas. El alcalde se retrasaba según la costumbre. Fue extraño verle salir del coche oficial con unas mallas azul y amarillo, como de superhéroe, y un casco bajo el brazo.
―Queridos ciudadanos... ―comenzó diciendo.
No terminó la frase. Se nos quedó mirando, seguramente asombrado por el impecable silencio que se había hecho a su alrededor. Se encajó el casco y se deslizó dentro del cañón después de pedirme que le prestara el mechero. Yo ―como todo buen teniente de alcalde debe hacer― me ofrecí a encender la mecha yo mismo.

jueves 21 de agosto de 2008

Algo de comer

Se ha escondido en mi garaje, entre las bicicletas y los tubos para montar el toldillo del jardín. Apenas habla y a veces le escucho salir a escondidas por las noches. Yo le suelo preparar algo de comer y se lo dejo junto a la puerta, por si tiene hambre y quiere salir. Sé que es inútil, pero aún así lo sigo intentando.
Me lo ha contado ―sí, me ha contado por qué se oculta― y me ha dicho que tiene miedo. De momento sólo roba piezas pequeñas, como los tubos de escape y las juntas de los motores. Y llega con la cara negra, tendré que recordar bajarle una toalla la próxima vez.
―Sólo cosas pequeñas ―me dijo con la boca llena cuando le encontré con un limpiaparabrisas en la mano, todavía a medio masticar.
Sólo cosas pequeñas, eso me asSólo cosas pequeñas, eso me asegura. Me pregunto si sabe que después ya no podrá calmar su hambre sólo con los limpiaparabrisas o los retrovisores y necesitará el coche entero. Y luego quizás empiece con los autobuses y los camiones. Lo que no sé es qué irá después, hace días que trato de no salir de casa.egura. Yo sé que no, que luego necesitará el coche entero. Y empezará con los autobuses y los camiones.
Cuando hoy he bajado a hacerle compañía me ha ofrecido un delicioso pedazo de neumático. He tratado de recordar porqué no salgo de casa desde hace dos semanas.
Trato de concentrarme en esa razón mientras cojo la tuerca que me ofrece y me la llevo a la boca.
—Tendré que volver a dejar la luz del porche encendida ―me digo, mientras cojo la segunda tuerca y mastico despacio.

jueves 7 de agosto de 2008

The white cliffs

―¿Quién pinta los acantilados de blanco? —le preguntas a ese niño sentado en la arena, debajo del arco.
Él te mira. Comprende.
—Sólo te puedo decir que lo hacen por la noche —dice, y vuelve la cara hacia el mar, otra vez.

miércoles 30 de julio de 2008

Frambuesas

Mamá siempre se lleva el enorme cuchillo que utiliza para trocear la carne cuando sale a pasear a los perros. Lo esconde en el bolso y luego ata a los perros en las correas. También coje la cesta. En cuanto llega a los árboles suelta a los perros y nos saluda con la mano.
Al volver nos trae frambuesas. Nosotros las devoramos con gusto. Son jugosas y rojas, muy rojas. Puede que por eso se lleve el cuchillo, para traernos la cesta llena de frambuesas. Aún así nunca hemos sabido por qué uno de los perros vuelve siempre cojeando y al llegar a casa se tumba en una esquina, lo más lejos posible de mamá, para lamerse una herida profunda en el cuello.

lunes 7 de julio de 2008

Guías imprescindibles

El libro había quedado sobre los papeles del envoltorio, en la mesa de la cocina. Ella le había dado el paquete y luego se había escabullido sigilosamente hacia la puerta. Había susurrado un leve adios.
Por eso ahora él miraba fijamente el libro, los papeles y las copas vacías sobre la mesa. Y después de un rato seguía sin entender.
—Guía canina para la supervivencia ―se leía en letras grandes y blancas sobre la portada—. Volumen 1: Vida en la ciudad de los gatos.

domingo 8 de junio de 2008

Accidentes caseros (5)

—Pon el plato de postre en su sitio —le dijo su madre—, si quieres tarta otro día.
Pero cuando se acercó al lavavajillas ―el hermano mayor lo había dejado abierto, enseñando las fauces― cayó dentro y la puerta se cerró detrás de él.
Se tapó la nariz y aguantó la respiración todo lo que pudo. Al salir la ropa le había encogido y tenía los calcetines del color de la camiseta. Aún así buscó a su madre.
—No quiero nunca más tarta de chocolate —le dijo―. El próximo día cómprala de fresa.
Luego subió corriendo a su habitación, orgulloso, imaginando que había sido un león quien le había mordido en el brazo.

martes 20 de mayo de 2008

Accidentes caseros (4)

Dice mi hermano que para esconderse de verdad hay que hacerlo debajo de una alfombra. Por ejemplo la alfombra del salón.
La alfombra del salón es una ja-ra-pa —vamos, repite, niño, dilo despacio—, con flecos a los lados, con hilos por todas partes.
Para esconderse de verdad hay que colarse por una grieta (o una arruga) que alguien descuidado haya formado en la alfombra. Hay que cubrirse bien, pegarse al suelo frío, sentir la sangre fría en las palmas de las manos.
Luego hay que esperar a que salga el sol y empiece a calentarnos por encima. Acechar hasta que no se pueda más, y se necesite volver irremediablemente a la luz. Hasta que mamá diga "se ha colado una mosca en casa" y tú salgas de la grieta y ¡zas!, la atrapes de un lengüetazo.

sábado 17 de mayo de 2008

¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
El fotógrafo levantó la cabeza sobre la cámara.
―Un poco más a la izquierda, Marcos ―me dijo.
Yo, obediente, me apreté un poco más. Ella seguía cuchicheándome aquello del sueño.
―Los sueños no tienen el cielo de color azul ―le dije.
Pero al volverme hacia ella vi que se había quedado congelada. El fotógrafo también, con la foto en la mano. Se la quité y la miré. Al lado de Ana empezaba a aparecer una silueta. Dí un paso atrás y sacudí la foto, con todas mis fuerzas. Aquella silueta, me dije, no debía aparecer del todo.

viernes 9 de mayo de 2008

Se oye un murmullo fuera de la casa

—¿Sabe? ¿Esos patos que hay siempre nadando ahí? En primavera y eso. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
J.D.SALINGER
El guardián entre el centeno (1945)


Ahora, sentado aquí, escribiendo estas líneas, estoy bastante seguro de que los pájaros de Hansel y Gretel han terminado de picotear nuestros cuentos y ya no nos queda comida para alimentarlos.
Wilhelm no me deja asomarme a la ventana. Me ha pedido que escriba esto y lo deje sobre la mesa. No me ha dicho nada más. Se oye un murmullo fuera de la casa cada vez más fuerte. Temo que ahora vengan a por nosotros.

sábado 26 de abril de 2008

Accidentes caseros (3)

—¡Pero qué has hecho, niño! —me grita mamá.
Yo estoy sacando al pajarillo de la lavadora. Ella no para de gritarme y me sube y me encierra en mi habitación. Castigado, dice. Y me lo quita sin ni siquiera darme tiempo a explicarle por qué estaba tan sucio.

domingo 20 de abril de 2008

Cosas de la feria

Mejor el dragón que mamá —digo, pero los dos, papá y mamá, que todavía están sujetando mi mochila, me miran raro.
—¿Dragón? ¿Qué dragón, Jaime? —me pregunta papá y mamá le toca el brazo, calmándole.
Los tres me miran. Está mamá, está papá y está ese estúpido dragón que también me mira.
Mientras, la fila para montar en aquella atracción va alargándose, con otros niños. Sólo sé que tengo que elegir: mamá o el dragón (papá dijo que no subiría). Sólo tengo que acercarme a mamá, tirarle del brazo y darle un beso en la mejilla. Sólo eso. Pero no lo hago.

sábado 19 de abril de 2008

Accidentes caseros (2)

—Oh, venga, no miréis así al pobre microondas ―decía mamá—. Es demasiado joven para saber que no importa que el horno sepa que tiene miedo.
—Miedo ¿de qué? —preguntó el niño pequeño, curioso.
Su hermano se agachó y se lo dijo al oído. Con una sonrisa maliciosa le vio irse corriendo y meterse en la lavadora entre los calcetines blancos y húmedos que todavía estaban allí dentro.

viernes 18 de abril de 2008

Correos

Mejor el dragón que mamá, eso estaba claro. No, no es que tengamos nada contra mamá. Y menos desde que el cartero nos dejó plantado aquel dragón en la puerta de casa. Es solo que nos pusimos a pensar: “El dragón deberíamos devolverlo.” Incluso habíamos comprado una caja grande, suficientes sellos, y no habíamos olvidado escribir la dirección en un lateral.
Pero cuando fuimos a por el dragón nos miró así, tan de esa forma, que no nos quedó más remedio que coger a mamá, meterla en la caja y devolverla a ella a correos.

martes 15 de abril de 2008

Accidentes caseros (1)

Mamá mudó la nevera al salón porque, eso decía ella, la cocina era un lugar demasiado peligroso para los electrodomésticos.

jueves 10 de abril de 2008

Pedro

Aquel niño era yo, aunque ellos no me lo querían decir. Me enseñaban aquella fotografía todas las mañanas. Salía extrañamente feliz, al lado de Pedro, enseñando un escarabajo grande, negro, muy gordo.
—Pedro —me decían.
Me encerraban en la sala blanca. A mí solo. Con la foto.
—Tú eres Pedro.
Pero yo sabía que no, que Pedro era el otro. Hasta que llegó la Seño nueva, me subió a la azotea, me hizo mirar la foto y luego la rompió.
—Ya no hay Pedro. Tú eres Pedro —dijo.
No supe qué hacer y por eso había empezado a gritar, con todas mis fuerzas.

sábado 5 de abril de 2008

Viajes

Tú, aún no sé por qué, cuando viajas, guardas siempre mi muñeca de lana marrón en alguno de tus bolsillos. Llegas a algún lugar lejano y buscas esa casa antigua, la más antigua, que siempre tienen todas las ciudades. Te sientas entonces, te apoyas en las piedras, en la fachada y sacas la muñeca. Te he visto hacerlo. La haces escuchar, como si creyeras que de verdad puede oír algo.
—Es que lo hace —me dices a veces, al volver.
Y abandonas a la pobre muñeca otra vez encima de la cama, sin querer contarme lo que has visto.
Entonces, una de esas noches siguientes, cuando sé que tú prefieres dormir en el sótano —dices que allí todo es más antiguo— yo abrazo a la muñeca de lana marrón.
—Dímelo, dímelo —le susurro al oído como cuando era pequeña.
Y la abrazo fuerte porque ella sabe mucho más que yo.

sábado 22 de marzo de 2008

Discrepancias

Ella, impaciente, seguía esperando a que se decidiera. Pero él no parecía dispuesto a ceder. Estaba de pie, mirándola, con la bata abierta y en calzoncillos.
—No, cariño. No hasta que no saques a la serpiente de nuestra cama —decía moviendo apenas la cabeza, de un lado a otro.