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o 1 BUZÓN AGENDA PARA LEER ANDANDO HUELLAS AJENAS LITERATURAENBREVE

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lunes 10 de noviembre de 2008

Relatos en cadena

Esto es lo que dicen:

Este libro es el resultado de cuarenta y tres martes de relatos radiofónicos y de una cuidada y exigente selección que nos deja en papel unos textos que afirman, con la fuerza de su calidad, que la ficción y la radio han vuelto a encontrarse y que el idilio puede ir para largo.



Yo me conformo con la sensación de estar ahí, escogida, de entre los muchísimos cuentos que les llegaban todas las semanas.

Para leer el ganador y el prólogo
Para leer la nota en la web de Alfaguara

viernes 12 de septiembre de 2008

Nuestro alcalde

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones. Estabamos en la plaza, esperando al pregón de las fiestas. El alcalde se retrasaba según la costumbre. Fue extraño verle salir del coche oficial con unas mallas azul y amarillo, como de superhéroe, y un casco bajo el brazo.
―Queridos ciudadanos... ―comenzó diciendo.
No terminó la frase. Se nos quedó mirando, seguramente asombrado por el impecable silencio que se había hecho a su alrededor. Se encajó el casco y se deslizó dentro del cañón después de pedirme que le prestara el mechero. Yo ―como todo buen teniente de alcalde debe hacer― me ofrecí a encender la mecha yo mismo.

martes 9 de septiembre de 2008

Vuelve el concurso de microrrelatos de Escuela de Escritores

Esta es la frase de inicio:

"Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones"
100 palabras más máximo. Y enviarlo aquí para participar antes de las 12:00 del viernes.

sábado 17 de mayo de 2008

¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
El fotógrafo levantó la cabeza sobre la cámara.
―Un poco más a la izquierda, Marcos ―me dijo.
Yo, obediente, me apreté un poco más. Ella seguía cuchicheándome aquello del sueño.
―Los sueños no tienen el cielo de color azul ―le dije.
Pero al volverme hacia ella vi que se había quedado congelada. El fotógrafo también, con la foto en la mano. Se la quité y la miré. Al lado de Ana empezaba a aparecer una silueta. Dí un paso atrás y sacudí la foto, con todas mis fuerzas. Aquella silueta, me dije, no debía aparecer del todo.

domingo 20 de abril de 2008

Cosas de la feria

Mejor el dragón que mamá —digo, pero los dos, papá y mamá, que todavía están sujetando mi mochila, me miran raro.
—¿Dragón? ¿Qué dragón, Jaime? —me pregunta papá y mamá le toca el brazo, calmándole.
Los tres me miran. Está mamá, está papá y está ese estúpido dragón que también me mira.
Mientras, la fila para montar en aquella atracción va alargándose, con otros niños. Sólo sé que tengo que elegir: mamá o el dragón (papá dijo que no subiría). Sólo tengo que acercarme a mamá, tirarle del brazo y darle un beso en la mejilla. Sólo eso. Pero no lo hago.

viernes 18 de abril de 2008

Correos

Mejor el dragón que mamá, eso estaba claro. No, no es que tengamos nada contra mamá. Y menos desde que el cartero nos dejó plantado aquel dragón en la puerta de casa. Es solo que nos pusimos a pensar: “El dragón deberíamos devolverlo.” Incluso habíamos comprado una caja grande, suficientes sellos, y no habíamos olvidado escribir la dirección en un lateral.
Pero cuando fuimos a por el dragón nos miró así, tan de esa forma, que no nos quedó más remedio que coger a mamá, meterla en la caja y devolverla a ella a correos.

jueves 10 de abril de 2008

Pedro

Aquel niño era yo, aunque ellos no me lo querían decir. Me enseñaban aquella fotografía todas las mañanas. Salía extrañamente feliz, al lado de Pedro, enseñando un escarabajo grande, negro, muy gordo.
—Pedro —me decían.
Me encerraban en la sala blanca. A mí solo. Con la foto.
—Tú eres Pedro.
Pero yo sabía que no, que Pedro era el otro. Hasta que llegó la Seño nueva, me subió a la azotea, me hizo mirar la foto y luego la rompió.
—Ya no hay Pedro. Tú eres Pedro —dijo.
No supe qué hacer y por eso había empezado a gritar, con todas mis fuerzas.

lunes 17 de marzo de 2008

Alacranes

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán.
—Turipilepa —susurró agarrando todavía la piedra.
El alacrán se movió un poco, pegado a la tierra.
—¡Qué haces! ¡Suelta eso! —le grité.
Nunca me hacía caso, lo hacía a propósito, ella —eso me decía— era la más valiente.
—Turipilepa— repitió acercando cada vez más su cara al suelo, donde el alacrán se pegaba a la tierra.
Cuando mamá nos vio cogió a Cleo fuerte del brazo y se la llevó de allí. A mi me miró, advirtiéndome, aunque no pensaba que pudiera atreverme.
Pero lo hice. Me acerqué temblando poco a poco.
—¿Turipilepa? —dije y luego cerré los ojos.

miércoles 27 de febrero de 2008

Todavía algunas veces huele a sangre

Todavía algunas veces huele a sangre y aún así no había querido lavarse las manos. A veces cortando queso en taquitos para echar en la ensalada, estando como en trance, se llevaba las manos a la nariz y se las olía.
—Sí —decía para sí mismo—. Todavía huelen a sangre.
Luego continuaba con lo que estaba haciendo.
A su alrededor la gente se acostumbró a lo que hacía. Y le dejaban. Pensaban que le hacía feliz.
Sólo el día en que cogió por primera vez a su hija en brazos fue diferente. Al dejarla en la cuna y olerse las manos rompió a llorar.

viernes 22 de febrero de 2008

Todavía

Todavía algunas veces huele a sangre.
—Te quiero —le digo cuando esas noches de luna llena llega tarde, casi al alba. Él se tumba a mi lado con un gruñido. Esos días no me habla, me evita deliberadamente y aún así le espero despierta hasta que aparece al amanecer, cansado y rugiendo. Oliendo a sangre.
—Te quiero —insisto.
Pero él me aparta con excusas.
—No —dice— No, cariño.
Por eso he decidido que mañana le seguiré hasta el parque donde va a buscarlas (¡a esas jovencitas golfas!).
Voy a seguirle y no dejaré que sepa que soy yo. No hasta que por fin me haya mordido.

Ganador en el concruso Relatos en Cadena de Escuela de Escritura y Cadena SER Se puede leer AQUÍ


martes 5 de febrero de 2008

Maaaaau

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.
—Pero te queda tan bien ese canario nocturno en el hombro...
—¿Vendrás conmigo a sembrar piñones?
—Sólo si me prometes que maullarás bajito.
—¿De veras te gusta mi canario?
—Tanto como cuando matamos la cebra que trajiste a casa. ¿Recuerdas?
—El imbécil estaba mirando
—Olvida al imbécil.
—Me miraba…
—¿Maullarás bajito?
—Sí ¿Cuánto me quieres?
—Te quiero cuando maúllas bajito.
—Aún así tendremos que sembrar los piñones.
—Lo sé. El imbécil nos mirará.
—¿Mau? Mau, mauuu...

viernes 1 de febrero de 2008

Turipilepa...

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando. Yo era un rotulador verde y quería hacerlo, de veras, por ver la sonrisa de mi chico mirándome embelesado.
—¡Turipilepa! —mi chico me apuntaba con la varita.
Sentí el cosquilleo. “Quieta” me dije. “Aguanta” ¡Oh! y sí, el capullo de la fila de atrás me seguía clavando los ojos por todo el cuerpo.
—¡Turipilepa! —decía cada vez más fuerte mi chico.
¡Qué guapo era! Que ganas… y el otro allí, mirándome como si no le importara nada más.
—¡Turipilepa!¡Turipilepa!
No me moví y mi chico acabó por cambiarme por la ególatra del rotulador azul. Y ella se esforzaría, sí. Sólo espero que el imbécil la esté mirando.
Sí.
Mirándola.
Fijamente.

sábado 26 de enero de 2008

El invento

No funcionó.
Mira con desdén hacia la vaca que rumia en la esquina de su laboratorio.
—No lo entiendo —se repite mientras repasa mentalmente las fórmulas.
Los ministros, la nube de fotógrafos y todo para qué, piensa.
Una alarma le avisa de que es hora de ordeñarla. Se remanga la bata y alcanza uno de los cubos que tiene por el laboratorio. Hacia la mitad, de la leche empiezan a salir sonidos. La quinta de Beethoven para ser exactos.
—¡No, ahora no!—grita—. ¡Cállate!
Pero cada vez va sonando un poco más fuerte.
—¡Cállate! —dice mientras tira la leche por el desagüe—. Cállate, por favor.

jueves 27 de diciembre de 2007

El desierto

—Diles a estos señores que o nos dejan meter un ventilador o yo me vuelvo con tu madre.
Me lo decía allí, sentada en nuestra silla en medio del desierto (yo sabía que era un desierto aunque siempre estaba esa niebla metálica tapándolo todo) mientras miraba la cajonera.
—¿Para qué quieres un ventilador? —contestaba yo.
Pero podía suponerlo. Para ahuyentar toda esa niebla.
—Diles que necesitamos un ventilador —me decía frotándose la piel.
Luego sacaba un cajón y lo dejaba sobre la arena. Se ponía a ordenar los pijamas de Sara. Los sacaba y les pasaba una mano por encima. “Ni una sola arruga” pensaba yo. No al menos desde que Sara se los pusiera por última vez.

sábado 1 de diciembre de 2007

No, así es el infierno

—No, así es el infierno —digo.
—¿Cómo?
—Pues así.
—¿Lleno de muertos? —pregunta.
—Eso dicen —contesto— pero no te lo creas. Es mentira.
Me mira sorprendido, etéreo.
—¿Entonces no hay llamas, fuego?
—No.
Se detiene, piensa.
—¿Cómo? ¿Lleno de muertos?— vuelve a preguntar.
Yo contesto, paciente. Los nuevos siempre tienen poca memoria.
—Eso dicen. Pero no te lo creas. Es mentira.
Me mira otra vez, sorprendido. Ya empieza a flotar y se vuelve más borroso.
—¿Lleno de muertos?
Escucho a P venir.
—¿Lleno de muertos? —repite. Le queda poco. Se acostumbrará.
P ha llegado. Me mira, etéreo. Sonríe. Sonrío.
Y luego se lleva al muerto.

lunes 26 de noviembre de 2007

Redondo y verde

—No, así es el infierno.
—¿Redondo y verde? —pregunto.
—No, no.
Los compañeros me miran. El profesor, con aquel libro tan gordo en las manos, me mira.
—Entonces —digo— ¿es azul oscuro, salado, como el mar?
El profesor se toca las gafas. Deja el libro sobre la mesa.
—Yo lo preferiría amarillo, lleno de dientes de león para soplar —se atreve a decir alguien.
—No, no. ¡No!
—¡Mullido! —grita alguien.
Todos hablan.
—¡Mojado! ¡Dulce! ¡Lleno de saltamontes!
El profesor toma aire. Coge el libro y vuelve a empezar. Luego dice serio:
—Niños, así es el infierno.
Y yo afirmo:
—Redondo y verde.

Finalista en el concruso Relatos en Cadena de Escuela de Escritura y Cadena SER
Se puede leer AQUÍ

sábado 24 de noviembre de 2007

¿No usas ahora el presente, Mario?

—¿No usas ahora el presente, Mario?
—¿Ahora? No, de ninguna manera.
El chico rechaza la maderita que le tiende Amalia. Le echa una ojeada al resto de piezas sobre la mesa.
—¿El pasado entonces? —insiste ella, señalándole otra.
Mario niega con la cabeza. Muerde el lápiz por la parte de atrás. Luego toca el borde de una de las fichas. Piensa en que, quizás esa tarde pueda ver volar un herrerillo hasta el comedero nuevo que puso en el jardín.
—La del futuro —dice.
—Esa no está, la perdimos la otra vez. Elige otra.
Pero él no tiene ganas de elegir otra y recogen el juego.

martes 13 de noviembre de 2007

La hoguera

—¿Cómo se llamaba? —dice.
Las enormes moscas zumban por todas partes.
El cazador mira la hoguera del centro del claro. Ha decidido que dormirá allí. Ahora cocina una de las moscas que cazó.
—¿Cómo se llamaba?
Coge la lanza con la mosca ensartada, la aparta del fuego y se la acerca. La toca con dos dedos. Tira de una pata. La prueba. Todavía está algo dura.
—¡Dime mi nombre! ¿Quién es el hombre de la isla? —grita hacia ninguna parte.
Luego sigue comiendo. El resto de moscas zumba. Y eso es lo único que se oye en la isla.


Finalista en el concruso Relatos en Cadena de Escuela de Escritura y Cadena SER

jueves 8 de noviembre de 2007

Los ojos de papá

—¿Cómo se llamaba? —dice.
Ha encontrado una de las fotos de papá en algún cajón. A ésta ya le ha pinchado los ojos. Me mira, insiste.
—¿Cómo se llamaba? —dice
Me pone la foto delante de la cara, tan cerca que lo único que veo de la cazuela con la salsa de tomate, son los puntitos rojos que asoman en los ojos de papá.
La aparto y quito la cazuela del fuego.
Sacude la foto.
—¡Mamá!
Salgo de la cocina. Me llevo la foto y busco, por toda la casa, algo del color exacto. Algo para ponerle de fondo a sus ojos.

martes 30 de octubre de 2007

Hasta siempre, Vladimir.

—Hasta siempre, Vladimir.
Los dos se sientan en un banco de un parque de las afueras.
—¿No volverás nunca?— le pregunta él.
—No.
—¿Y qué le diré a mis padres, a mi familia?
—No volveremos a vernos, es lo mejor.
Él calla. "No" dice con la cabeza, resignado. Luego ambos miran dos hojas marrones caer lentamente de uno de los árboles.
—La vida es trágica— dicen a la vez y se miran.
—Volvamos a casa— dice ella.
Y a él no le queda otra cosa que contestar.
—Volvamos a casa.