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martes 28 de agosto de 2007

Ácidas

Simplemente era un gusano[...]. Cuando encontraba un trozo lo suficientemente grande o que aparentaba ser jugoso, se lo cargaba a la espalda y se deslizaba, como sin prisa, a toda velocidad entre los coches, sorteándolos de una manera natural y poco cuestionable.

Neumáticos amargos, bocinas dulces, el cambio y la transmisión —pero no el resto del fuselaje, eso es como mezclar limón y mermelada— de un salado marino.
Pero sin duda, lo mejor de todo son las palancas de cambio ácidas —otros dicen que correosas, qué sabrán ellos de exquisiteces—. Ácidas, sí.
Ácidas.

lunes 27 de agosto de 2007

El árbol del jardín

(Escuchando Concierto de cello en Mi menor, op. 85 - Sir Edward Elgar)

Serio se plantó ante su padre.
—Necesito las tijeras de podar.
Los padres lo miraron (incluso apagaron la tele).
—Pero niño, ¿para qué quieres las tijeras ahora? Está nevando.
—Necesito las tijeras.
Ellos se encogieron de hombros y volvieron a poner la tele. El niño arrugó el morro y se dio media vuelta.
Le costó abrir el cobertizo. El candado le resvalaba entre los guantes. Rebuscó entre todas las herramientas, algunas con escarcha por encima, y al fondo, colgadas sobre la mesa y con cuerdas por encima, estaban las tijeras de podar. Las descolgó haciendo equilibrios sobre un taburete y cuando por fin las tuvo a salvo —los pies en el suelo— las abrazó y salió al jardín.
El árbol era viejo, uno de esos que suelen salir en los cuentos como casa de duendes, elfos y demás criaturas mágicas. Parecía temblar cuando el niño acercó las tijeras.
Empezó con paciencia —crask crask crask, pausa, crask crask crask— y las ramitas más bajas fueron cayendo a los lados, salpicando nieve. Paró al rato, dejó las tijeras sobre las ramas cortadas y fue a por el taburete. Le faltaba poco, sólo unas ramas más.
Tiró las tijeras lejos y saltó del taburete. Acercó una mano al tronco del árbol y acarició la madera suave, lisa. Sabía que el violoncello habíá estado ahí siempre pero nunca se había atrevido a separar las ramas, a verlo. Lo sacó de su hueco y lo sostuvo contra sus piernas, el mastil contra el hombro. Pasó los dedos por las cuerdas metálicas y sintió sus latidos. Sopló los copos de nieve que habían quedado sobre la caja. Luego cerró los ojos —y la mano sobre el arco— y, como un murmullo helado por el invierno, empezó a tocar.


lunes 20 de agosto de 2007

Las canicas

Para Alberto, a 20 de Agosto

—Los niños han vuelto a dejar todas las canicas desperdigadas por el suelo— dice él mientras mete una pierna entre las sábanas.
—¿Qué?
—Los niños, que han dejado las canicas por ahí.
Ella le mira en la cara oscuridad del molino y le coloca el flequillo.
—¿Me has oído?
—Algo de unas canicas— contesta pasándole una mano por el pecho.
—¿Crees que deberíamos despertarlos para que las recojan? Acaban de acostarse.
—Ya estarán dormidos.
—Puede que no.
Él se incorpora y mulle la almohada. Se queda un momento así, sentado, mirándola de reojo, tumbada de lado, jugando con el borde de la sábana, mientras decide si despertar a los niños.
—¡Oh, venga! Deja a los niños.
—Casi me caigo con las canicas.
—Ya las recogerán mañana.
—Casi me caigo y me parto un brazo. ¿Es que no te importa que alguien se rompa un brazo? ¿Que yo me rompa un brazo?
—Qué exagerado.
—O una pierna ¿Qué harías si me rompo una pierna?
Ella no contesta.
—Ya las recogerán mañana.
—¡No, voy a levantarles! Está decidido.
Pero se queda quieto, incorporado sobre la cama.
—Pensé que habías dicho que ibas a levantarlos.
—Estoy pensando.
—Pues vaya.
—Vaya ¿qué?
—Que lo tengas que pensar.
—Pues ve tú si quieres.
—Podría romperme un brazo ¿No es eso lo que decías?
—Yo no he dicho eso.
—Lo dijiste.
Ella también se incorpora. Se miran a oscuras.
—Entonces ve.
—Estoy pensando.
—Vale. Piensa—. Se cruza de brazos.
—¿Vas ya?—repite.
—¡Estoy pensando!
—Eso es que pretendes que vaya yo ¿no?
—Por supuesto que no.
—¿A qué esperas entonces?
—Ya las recogerán mañana.
—Vale, voy yo.
—De acuerdo, ve tú— dice él, se da media vuelta en la cama y se queda dormido.
Ella lo mira. "Ja, que te crees tú eso" se dice.
Pero se levanta y se asugura de coger un buen puñado de canicas y esparcirlas al lado de la cama, justo en el que él pondrá los pies al levantarse, todavía medio dormido. Cuando está todo listo busca el teléfono del hospital, lo deja en la mesilla y se imagina en la ambulancia, cogiéndole la mano.
—Ya te lo dije cariño, tenías que haber despertado a los niños.

lunes 13 de agosto de 2007

Conejos

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

JULIO CORTÁZAR
Carta a una señorita en París
Bestiario (1951)

Recuerda que la hierba no es gris, es verde y aquí está toda llena de conejos. Conejos grises —y marrones— comisqueando la hierba (verde) entre la neblina blancoazulada al amanecer.
Te reirías de mí —esa sonrisa en los ojos mirándome profundamente, diciendome guapa sin apenas mover los labios— si supieras que colecciono conejos.
Son bellos.
Por eso los guardo.
Cada día salgo y cazo uno nuevo. Y al anochecer vuelvo al castillo y le dejo salir —entre tímido y curioso— a la hierba. Luego los demás vienen —un mar de orejas saltando— y le dan la bienvenida. Se tocan los hocicos y el nuevo se pierde entre ellos, saltando y moviendo las orejas.
Me mirarías con esa sonrisa tuya, tan leve, si lo supieras. O quizás si me vieras salir del castillo entre la niebla (y los conejos saltando a los lados, balanceándose) arrastrando el vestido de novia —largo, rojo y turquesa como en el tiempo de los cuentos— entonces me dirías guapa y recordaríás que la hierba es verde.

viernes 3 de agosto de 2007

Columpios

Dime qué placer oscuro obtienes cuando apoyas una oreja en el poste del columpio —todos los niños allí, balanceándose—. Dime qué escuchas tan atentamente.
¿Quizás el ruido de las cadenas?
—El latido de los fantasmas— dices.
El de los castillos en lo alto de colinas verdes, resonando fuerte el criuk, criuk de las cadenas de los fantasmas entre las paredes de piedra.
¿O acaso mejor nos merendamos los fantasmas fríos, el mío helado? El tuyo sabe a vainilla y yo tengo uno de nata. Al acabar te guardas el palillo en el bolsillo y sigues pegada al poste metálico que sujeta los columpios. Uno de los niños salta y sale corriendo y el asiento de madera se mueve adelante y atrás, tan errático como tus ojos al mirarlo. Ese pedazo de madera vacío pero todavía moviéndose y como resignada vuelves a apoyar la oreja en el poste otra vez y dime —sí, dime— qué placer oscuro obtienes al escuchar el crujido de los columpios. Todos los niños allí, balanceándose.

martes 31 de julio de 2007

Zoológico

Ni cerrando los ojos con fuerza. Da vueltas en la cama, a un lado, a otro. Cierra los ojos y cuenta obejas en un enorme prado saltando la valla. Una, dos, tres, cinco... Y ya casi pero allí aparecen los ciervos. Ciervos juerguistas medio borrachos que les sacan la legua de lejos y se ríen de ellas. Pobre obejas, salen corriendo.
Da dos vueltas más en la cama. El colchón está duro y bajo su espalda algo. Con desgana agarra el cuchillo de la mesilla y lo clava en el colchón. Abre un buen agujero y los muelles salen disparados.
El problema duerme justo allí, entre la gomaespuma, un erizo hecho una bola. Lo despierta y lo hace saltar de la cama. Luego un pato golpea la ventana y se cuela por el cristal entreabierto. Al principio parece mareado pero luego empieza a rebuznar. Acaba por despertar a los vecinos que, amantes de los perros —pertenecen a la asociación contra el uso defensivo de los perros, algo que consideran denigrante para los pobre animales— amenazan con soltar a los conejos que también se cuelan por la ventana.
Tratando de olvidar las obejas, los ciervos, el erizo, el pato y los conejos que se amontonan en su habitación —apenas queda un poco de espacio al fondo— se gira en la cama y, de lado, mira fijamente la pared. Coje la almohada y se la pone sobre la cabeza para no escuchar al pato rebuznar. Un escalofrío le recorre la espalda al sentir las patas —peludas algunas, otras pegajosas y otras ligeras— de un montón de arañas salen de entre la funda.
Los conejos han empezado a mirar con ojos golosos a los ciervos. El pato huye a una esquina, acorralado por las arañas y el erizo sigue hecho una bola al fondo del todo. Se inclina sobre el borde de la cama, saca medio cuerpo fuera, y tantea el suelo —allí lo escondió la última vez—, aparta las hormigas que estaban dormidas ya —deja el terrario abierto por la noche porque sabe que las hormigas prefieren dormir debajo de su cama— y coje su cuaderno. De debajo de la almohada saca el boli.
Enciende la luz y empieza a escribir.

sábado 28 de julio de 2007

Elefantes en la arena

Cavando en el cajón de la arena hemos encontrado un elefante.
—Mejor lo volvemos a enterrar antes de que venga mamá —dice Eleanor.
Los demás cojemos las palas y empezamos a cubrirlo de arena otra vez. El elefante se tumba en el cajón y se deja hacer. Ya sólo sobresale la cabeza.
Seguimos echando arena y más arena con las palas. Todo queda liso, perfecto. Mamá nos llama a la mesa. Los demás echan a correr pero yo me detengo un momento más. Vuelvo al cajón de arena y empiezo a excabar. Luego ya corro hacia la cocina con los otros.
El cubo sobre el cajón de arena tapa el hueco y también la trompa del elefante.

lunes 23 de julio de 2007

De tintes

If you are sunbathing in a park, for instance, but you do not know that a locked cabinet is buried fifty feet beneath your blanket, then you are in the dark even though you are not actually in the dark, whereas if you are on a midnight hike, knowing full well that several ballerinas are following close behind you, then you are not in the dark even if you are in fact in the dark. Of course, it is quite possible to be in the dark in the dark, as well as to be not in the dark not in the dark, but there are so many secrets in the world that it is likely that you are always in the dark about one thing or another, wherher you are in the dark in the dark or in the dark not in the dark, although the sun can go down so quickly that you may be in the dark about being in the dark in the dark, only to look around and find yourself no longer in the dark about being in the dark in the dark, but in the dark in the dark nonetheless, not only because of the dark, but because of the ballerinas in the dark, who are not in the dark about the dark, but also not in the dark about the locked cabinet, and you may be in the dark about the ballerinas digging up the locked cabinet in the dark, even though you are no longer in the dark about being in the dark, and so you are in fact in the dark about being in the dark, even though you are not in the dark about being in the dark, and so you may fall inte the hole that the ballerinas have dug, which is dark, in the dark, and in the park.

LEMONY SNICKET
The End
A Series Of Unfortunate Events (2006
)

Empiezo a tener un poquito de miedo. Y no, no de que las ranas (o de que los zorros también quizás) empiecen a salir a la calle con paraguas. Porque imagínense, la familia de zorros al completo —mamá delante tratando de mantener bajo el paráguas a sus dos chicuelos traviesos mientras cierra la puerta de la madriguera— bajo uno de esos paraguas gigantes de colores chillones (de Ágata Ruiz de la Prada)
Pero no.
No es eso.
Y eso que no ha parado de llover desde el viernes.
Es como meter ropa de color en la lavadora y esperar que no destiña.
Todo este verde... tan verde.
Cinco minutos y ahora no llueve.
—Could you walk the dogs?
Pasear a los perros, me dicen. Bien. Cojo el chubasquero, las correas, sit, stop, came on, y corren. Deura no, se agarra a un palo y ya no lo suelta en todo el paseo. Primero un bosquecillo de robles y detrás el campo de maiz y más allá el de trigo. Está empezando a llover pero sólo un poco, lo suficiente para refrescar las ideas.
Veo a Tally saltar. Una mancha negra surgiendo a veces entre el trigo. Una, dos y tres veces. Y luego manchas marrones. Ciervos. ¿También llevarán paraguas? Ahora si que llueve y volvemos a casa.
Sigue lloviendo y yo he acabado A Series Of Unfortunate Events. Grándisimos libros.
Sigue lloviendo.
Creo que hasta yo me voy a teñir de verde.
Y sigue lloviendo.


jueves 19 de julio de 2007

Siempre llueve los viernes

El aspirador, afónico, abandonado en una esquina del salón se moría de sueño mientras en la tele daban las noticias del viernes. Lloverá.
Tras varias infusiones y dos largos díás inmóvil, tiene fuerza suficiente para soplar dos besos a los niños que se van al colegio.
Vuelven los viernes y las lluvias. "Siempre llueve en viernes" dice alguien. Los perros resoplan fuera. El aspirador olisquea el ambiente.
Los tomates no han salido todavíá pero el zumo de naranja ha crecido suficiente. Se convertirá en un gran árbol.
Alguien se atraganta, sopla, aspira, tose y calla.
El aspirador, afónico, zumba. Zzmm sch sch sch.
Siempre llueve los viernes.

miércoles 18 de julio de 2007

De tartas y sapos

Es como espiar una conversación desde la ventana de la cocina. Dentro Arabell y la abuela hacen una tarta. Es de moras, eso creo. Arabell extiende la masa con las manos pringosas del zumo rojo de las moras, mientras la abuela prepara el horno. ¡Es todo tan bonito!
Ahora la abuela mira hacia la ventana. Sé que no puede verme. Aún así contengo el aliento, sólo un poco, hasta que ella aparta la vista y sigue con el horno o hasta que mira a Arabell y quizá le señala como hacer algo, con media sonrisa en la cara, olvidando los ruidos de fuera. Hasta que la tarta está lista. Hasta, incluso, cuando ya la sacan del horno y la ponen en la ventana, en el alféizar, a enfriar.
Contengo el aliento.
Me asomo.
Huelo la tarta.
Nadie me dijo que los sapos llevaran a cuestas los árboles.

domingo 15 de julio de 2007

Castillos

—Cierra los ojos —le dice una voz.
Ella los cierra.
—Y ahora empieza a caminar.
Ya está, no necesita más. Da un paso, tembloroso al principio, y luego el siguiente y el siguiente. El camino es estrecho, arropado por las hojas de todos esos árboles, pero no extiende las manos.
—Las cucarachas construyen sus castillos con granos de azucar —le recuerda la voz.
"Sí" se dice ella. Ya puede oler el azucar derretido allí, al fondo del camino.

sábado 14 de julio de 2007

Dentro del bosque

—¿Por qué corres dentro del bosque? ¿Qué has visto allí?
Ella agacha la cabeza y luego le mira dentro de los ojos, casi haciéndole daño.
—No voy a decítelo.
—Venga... ¿Por qué no?
— No te lo diré.
Él empieza a corretear a su alrededor aunque ella sigue allí parada, mirándole fijamente.
—Vamos, vamos, dímelo.
Ella niega con la cabeza.
—No —dice fuerte.
—Dímelo, dímelo, dímelo —canta mientras sigue saltando y correteando alrededor suyo.
Se para. La mira de nuevo.
—¿Por qué corres dentro del bosque?
Y ella se rinde.
—He encontrado la casa de los siete enanitos —dice y luego los dos callan.

jueves 12 de julio de 2007

Cinco sentidos

¿Has contenido la respiración al entrar en una nube alguna vez?
¿Has entrado en un bosque cerrando los ojos?
¿Te has acercado a un castillo medieval para escuchar la muralla? (con la cara pegada a la piedra fría)
¿Has saboreado la lluvia?

Mientras acaricia las teclas de un piano en medio del bosque al que entra con los ojos cerrados, escucha el murmullo de las murallas del castillo. Apenas respira al volar sobre las nubes.
Tal vez le gusta el sabor de la lluvia.

miércoles 11 de julio de 2007

Imagine un avión transparente

Los aviones deberían ser transparentes, o tener el suelo transparente al menos. Sí, transparentes.
Entonces llegas al aeropuerto arrastrando como puedes las maletas, dos horas antes de subir al avión —eso en teoría, que nunca se sabe— y te pones en la cola de la facturación. Tras comprobar que te pasas por dos kilos —¡dos, oiga, ¿y no haría una excepción?— empiezas a sacar aquellas cosas que no necesitas llevar, ya sea el gel de ducha que comprarás allí o los cinco libros en español que te llevas, aunque teóricamente vayas a aprender inglés. Redistribuyes y voilà, ya está todo, sólo queda esperar la hora y cuarto que te ha sobrado tras la facturación. Es entonces cuando echas de menos esos libros que acabas de sacar de la maleta. Te pones a mirar tiendas pero enseguida se para, tras sentir puñalada tras puñalada al leer los precios de cualquier golosina. —Sí, de cualquiera, fíjese en esos estantes y escaparates llenos de dulces, alguna que otra chocolatina, llaveros, camisetas con el logotipo de la ciudad correspondiente, bolsos, perfumes (¿quién compra perfumes en un aeropuerto?). Fíjense bien—.
Tras cinco interminables minutos empiezas a dar vueltas. Vueltas alrededor de los asientos, vueltas sobre uno mismo, vueltas a la cabeza, vueltas. Apenas pasan otros cinco minutos.
También te puedes asomar a ver los aviones, a ver cómo despegan. Y entonces piensas:
—Deberían ser transparentes.
Te quedas mirando hasta que anuncian la puerta de tu vuelo. "Todos los viajeros del vuelo 5473 de Easy Jet con destino London-Gatwick embarquen por puerta 12A"

Buscas la 12A y está en el quinto pino. Curzas puentes transparentes sobre los angares. Sí, fíjese usted, los puentes son transparentes pero los aviones no. Sigue esta pisada...
Entras en el avión, colocas todo y te sientas. Miras por la ventanilla —a veces es hipnótico, mirar las nubes o simplemente el agua desde los cincomil pies a los que dice el piloto que se vuelta—. Pero son ventanillas pequeñas, minúsculas, y ni aún pegando la nariz al cristal consigues ver más que un pedacito de cielo (o quizás sea mar, nunca se sabe) al fondo.

Pero imaginen un avión transparente, aunque sea una low cost. Sería maravilloso. Imaginen primero algo más tranquilo, hagan desaparecer todas esas personas que zumban alrededor. Hagan que sólo quede su asiento, aislado en el centro del avión, con el suelo transparente. Sólo eso, imaginen. Para imaginar mejor quizás quieran escuchar música, y sí, sería perfecto, quizás esa música que suena en los títulos de crédito de una película —The Village— con ese violín virtuoso, genial.
Imaginen entonces, levántense despacio del asiento y piensen como sería mirar a través del suelo transparente del avión.
Túmbense en el suelo, con los ojos cerrados. Y luego abránlos.
Al principio, vértigo, un poco, pero luego, luego...
Los aviones deberían ser transparentes.
Imaginen un avión transparente.